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domingo, 30 de noviembre de 2014

Sordo y ciego

Básicamente de sobrevivir me acuso estos últimos meses, aunque empiece el post con un puñetero adverbio. Creo que ya he olvidado cómo escribir sin cometer faltas, pero no pienso ponerme de rodillas y pedir perdón por algo que con toda seguridad, también hacía antes, por mucho que no me lo echase en cara. Las cosas suceden deprisa, y no da tiempo a parar un momento y mirar al costado, por si acaso de reojo miras para atrás y te sorprende un esqueleto completo persiguiendo tu carne desnuda. "Déjame en paz!" podrías decirle; o alcánzame de una vez, que ya casi ni te reconozco; eso sería algo muy parecido a la definición proustiana de sobrevivir: a ver qué coño le digo a estas dos partes de mí para que se pongan de acuerdo.

De sobrevivir me acuso, y la pena de prisión la conmuto por aguantarme a mí mismo un rato más, a la fuerza indefinido; por arriesgarme a vivir deprisa por muy lento que resulte el proceso; por viajar de espaldas a los pájaros y no reconocer el otoño a finales de noviembre; por taparme los ojos y los oídos cuando abro de golpe las ventanas; por tener las mismas sábanas siempre limpias, la ducha sin agua, la bañera sin espuma; por disociarme en carne y huesos olvidando el espíritu que los une y substancia, el corazón que late sordo y ciego:

Me condeno por todo ello y sin apelación posible, a seguir sobreviviendo.

sábado, 3 de mayo de 2014

La plaza



Mayo entra con fuerza, sin pedir permiso a los pájaros que aún picotean el mes de abril. El porche se llena de gatos al sol, y entre sus patas se deslizan las flores; se desperezan al ritmo del aire; ronronean con la última luz de la tarde.

Pretendía escribir una carta lo suficientemente pretenciosa como para olvidarla de inmediato, pero estoy absorto en el empedrado de esta plaza. Losas de granito recogen en cuadrados los guijarros, simétricos, rematados en forma de cruz. Y se me antoja difícil recordar cada pisada mía, cada cuerpo infinito sobre la dureza del piso, ya desgastado por el paso del tiempo.

Pájaros picoteando migas de pan. Gatos al acecho. Una estúpida carta que jamás escribiré porque no tiene destinatario. Esta plaza de piedra centenaria que también soportó mis pisadas en otros días de mayo.

martes, 22 de abril de 2014

Lugares



Pesa en mi corazón la lluvia de abril.

Empieza todo a hacerse triste, como un espejo descascarillado. A trocitos fui guardando las luces que tenía de ti:  la sombra del escote, vivo y suave; el hueco de la nuca, donde tantos besos dejé a buen recaudo bajo tu pelo; el milímetro de piel en que cada lunar, por pequeño que fuese, respondía al rozar su nombre. Memorizaba la geografía de tu cuerpo como un acto inexpugnable, porque creí que iba a ser imposible olvidarlo.

Y ahora esta lluvia de abril borra el olor de tu sexo, que yo creí eterno. ¿Dónde está? ¿A qué lugar se han ido los años, los besos perdidos, tu piel?

¿Cómo es posible que no los encuentre en el corazón?

viernes, 17 de enero de 2014

Movimiento.


Enero sigue su curso sin apenas mirar atrás. Aprieto el paso. El frío y la lluvia arrecian, a zarpazos, y engancho el paraguas de los días grises en las farolas, a ver si así me llega algo de luz. La soledad en el bullicio de la ciudad ¡es tan real! como la calle adoquinada que sube, que baja, que quiebra la esquina y parte la acera al son del chapoteo de mis zapatos. Hoy no. Eso que me hace volar a ras de suelo tiene otro nombre que no rima con soledad. A veces yo la sueño tranquila, en el reflejo de un escaparate, en las sombras donde hace un instante he mirado, en el paso limpio, en el beso suave;  otras veces húmeda y provocativa, pegada a los huesos, apretada a la carne y con las gotas de agua respirando en la piel; y no me explico cómo somos dos, siendo uno; y sueño despierto que somos uno, siendo dos.

Tengo prisa por llegar a ningún sitio. Movimiento. La razón me habla de líneas rectas entre tú y yo, y el espíritu se empeña en dar vueltas con nosotros: mi destino parece siempre el punto de partida. Y sin embargo -hoy, ahora-, esta ciudad palidece de envidia mientras late al ritmo que impone mi corazón.

jueves, 2 de enero de 2014

Las doce en punto

Empiezo el año con sed. He dejado el remolque aparcado en la plaza de diciembre,  y he dado cuerda a mi reloj de cuco hasta las doce en punto. Lo abandonaré a su merced cuando cumpla sus quehaceres,  porque grita de placer al romper mis silencios. Sólo sirve a sí mismo.

En su lugar pondré un póster de alguna playa,  de manera que en vez de recordarme las horas y esclavizar los minutos que faltan hasta la próxima alerta, me haga olvidar el tiempo. Sí,  una cálida playa al borde del azul; tranquila, ajena a su belleza y con ese puntito imprescindible de sal.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Autorretrato

Escribir es mucho más fácil que leer entre líneas. Mi yo, omnisciente, pletórico de ideas, vestido de hábitos que deslizo en negra tinta mientras me encargo a fondo del hombre que se refleja ahí, en el espejo. A veces le veo como el retrato de Dorian, con ridículas ínfulas de Maquiavelo, pero su  pose es de una impostura incalculable: él hace como que piensa y me mira; yo en cambio, le miro y pienso. Y por un momento quisiera echarle algo en cara, preguntar y decir lo que de él espero: algo así como que deje ya de leer entre líneas y se ponga de una vez a escribir, aunque sea en verso.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Secretos


Café con una pizca de azúcar para iluminar esta tarde, como preludio de una conversación cargada de extraordinarios secretos.

El lugar no importa; basta una mesita a la altura de las expectativas, y un par de sillas incómodas que las rebajen, por si acaso hay que salir corriendo. Por lo pronto, el brillo de tus ojos va a juego con la cucharilla de plata; yo uso con torpeza los míos para disimular la timidez. Así que empezamos con la sonrisa en la cara, apalancados en la ruleta de las anécdotas y las costumbres, mientras tus manos y las mías analizan la mejor manera de cincelar, a toda prisa, un monumento al perfecto desconocido.

Deshacemos en milhojas los momentos importantes, aunque nos hayamos pasado media vida queriendo restarles importancia. Azúcar encima de las heridas, ya cicatrizadas a base de sal. Sabemos de memoria las encrucijadas de nuestros nombres, y esperamos que el otro sea capaz de grabar a fuego, en un instante, un nuevo punto de partida con rumbo fijo a la eternidad.


domingo, 17 de noviembre de 2013

Calcetines helados


Visto con elegante etiqueta de pobre; el traje ciñe al cuerpo a la perfección, sobre todo cuando el alma descansa en la tintorería, a falta de un lavado en seco. El error ha sido comprar en rebajas: todo el mundo tiene la esperanza de encontrar un chollo a bajo precio, pero no dejan de ser restos de temporada. Esta tontería se me ocurre contemplando el valle helado, en el borde de un camino. Abajo, el paisaje; arriba, la perspectiva del vértigo; en medio, una silla de monte y la certeza que si sigo aquí pensando en guantes de goretex voy a morir congelado debajo de mi sombrero.

Alguien que ahora no recuerdo me dijo un día de sol que siempre hay que mirar al horizonte. Allá, a lo lejos, hay un inmenso mar de posibilidades para explorar, y cada gota de luz nos acerca irremediablemente a nuestro destino. Espléndido. Me he traído unos prismáticos para intentar saltarme algún paso, y ahorrar en suelas hasta ese destino soñado, pero cada vez que acerco un punto en el catalejo, se me antoja un principio tan ajeno a mí como cualquier otro que pudiera observar. Así que guardo los atajos en la mochila y, aterido de frío, fijo la mirada en la nieve acumulada en las puntas de mis botas.  Estoy convencido que éste sí es un punto de partida lo suficientemente realista como para que mi siguiente paso sea eficaz. Por ejemplo, volver a casa cuanto antes y meter en el horno los calcetines helados, aún a riesgo de parecer eminentemente práctico, excéntrico y poco, muy poco idealista.

El horizonte tendrá que esperar.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Pizarra

Harto de la luz de domingo, pongo a enfriar septiembre junto al Moët Chandon. 

Ya vuelvo al trabajo, colorado por el esfuerzo hasta coger velocidad de despegue. He separado los lápices de colores, plastificado los libros y arrancado las telarañas del fondo de mi pupitre de madera. He planchado mi uniforme azul.

Hay novedades escritas en la pizarra y nuevos ojos que todo lo leen.

Vuelvo a ser tímido, atento; especialmente vulnerable cuando abres la botella de champán y dejas correr las burbujas de septiembre en el primer día de clase.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Pasatiempo

Tengo todavía la capacidad de darme cuenta de que ya no hay nada que entender. Eso es fantástico. Ahora hay que arriesgar lo suficiente como para también darse cuenta que no siempre sale cruz. Llenar ratos muertos elucubrando fracasos es un pasatiempo estúpido cuya resolución pasa por sonreirle al corazón. Decirle cuatro cosas imaginativas ahora que apunto alto en las noches de insomnio, pedirle cena para dos, tumbarse en la carretera para ver las lágrimas de San Lorenzo mientras lloras estrellas fugaces, o quizás esperar que ésta cálida noche de agosto vuelva a ser cálida en enero entre tus piernas, por mucho que no tengamos aún la suerte de conocernos. No amanecerá tan deprisa como para que dé tiempo a sacar conclusiones definitivas sobre la conjugación del verbo amar. Cuando lo haga,  prometo aprender con paciencia infinita todas las técnicas de caligrafía, para tatuarlo con mis propias manos en el mapa desnudo de tu piel.

lunes, 5 de agosto de 2013

Veleta

Dibujo lluvia sobre las tejas rojas y toco una canción metálica en la triste veleta. Se mueve al compás del viento, casi igual que yo. La diferencia fundamental es que ella se deja llevar y yo voy a la contra, luchando de cara contra los elementos. Soy una veleta descastada, muy orgullosa de su erguido penacho azul; un poco oxidada; un poco olvidadiza; siempre empeñada en apuntar hacia ese trozo de cielo donde al parecer se avista una tormenta,  para luego dibujar la lluvia sobre las tejas rojas y tocar de nuevo mi metálica canción.

sábado, 3 de agosto de 2013

Calma

Noche cerrada. Arranco el coche camino Bosque,  para volver a los amaneceres. Siempre igual: acabas volviendo al punto de partida, pero con la expectativa de disfrutar de la salida del sol como si fuera la confirmación de una promesa, después de una oscura noche sin luna.  No importa que creas que esta canción ya la has oído muchas veces: cada vez que la escuchas,  suena diferente; no importa que sientas caer los segundos como el velo de tu mortaja,  o tirites de frío cuando el rocío helado lame tu cadáver, porque sabes a ciencia cierta que los minutos traerán la gloria y resurrección.  Aquí no cabe la incertidumbre, pero sí la esperanza de cómo te sorprenderá la belleza, igual que el reflejo del alma en el cuerpo desnudo de una mujer. Tímido al principio,  vacilante; empeñado en hacerse esperar a tonos naranjas, el espacio llama a la puerta del tiempo, y le ruega calma. Juego a detener la brisa e imagino un rostro al otro lado de mi vida, sonriendo, mientras vuela en raso el perfil de la luz, devorando la oscuridad a bocados. Gira dándose de bruces con el horizonte y lo ilumina, haciendo posible que todo tenga sentido desde el principio de un nuevo día. 

Sale el sol.

jueves, 1 de agosto de 2013

El Camino

He pasado el mes de julio haciendo el Camino de Santiago. Todavía arden mis pies, llenos de heridas, al fuego lento de los kilómetros recorridos.  Las piedras,  el asfalto,  el polvo,  las fuentes de agua y los jergones allá arriba, en las estrellas,  son testigos de mi camino. También la Moleskine, repleta de anécdotas que algún día se encargará de recordarme. Para quien no lo sepa,  hacer el Camino es una experiencia semejante a tener una vida en miniatura. Una alegoría de ti mismo escrita paso a paso,  donde vuelves a buscar, a palpar a tientas cuál es el verdadero centro de gravedad permanente. Pero sobre todo es un camino de encuentro, donde lo innecesario que guardas en tu mochila pesa a plomo sobre los hombros y justo a la misma altura del corazón. Todo sobra. Sólo Dios basta en tu aventura de vivir.

sábado, 6 de julio de 2013

Bandera roja


Vuelvo a la arena. Es un contraste curioso, aquí, en los bordes de la playa. La humedad de las olas roza el rostro cuando miras hacia adelante, (con la estúpida intención de interpretar la brisa)  pero tus pies descalzos fondean en la arena seca, agarrándose a la aspereza de lo que una vez fue roca viva. Querer andar sobre la superficie del mar no es cosa de dioses: yo podría hacerlo a todas horas si quisiera bucear en ti. Aún no me dejo. Y no encuentro una razón convincente entre todas las definitivas para apartarme del placer de querer y ser querido, así que actúo en consecuencia. Sería fácil si hubiera un interruptor con un gran letrero que anunciara los peligros de esta febril marea que a veces hipnotiza. Sube y baja; arranca los sonidos de la luna y hace postrarse al más valiente a merced de su capricho. Y si por un momento te dejas llevar en ese vaivén de locura, no salgas de allí, porque podrías encontrarte que tus movimientos han transformado lo que dejaste atrás.

No sería ya la misma playa: no lo volvería a ser jamás.


sábado, 22 de junio de 2013

Baila, baila, baila...



El violín de Taro Hakase como mar de fondo para contrarrestar los nubarrones que se ciernen sobre el corazón. Hoy me levanté como el día, en claroscuro, a briznas de lluvia y sol; a flores que no se atreven a brotar por miedo a que sea demasiado pronto. por mucho que sea demasiado tarde. Contradicciones. Y todavía a veces -¿será posible?- me digo a mí mismo que el mundo no puede ser tan complicado como parece, y que el orden de las cosas no depende de otra voluntad, a pesar mio. Aclara la tarde mientras niego la mayor. Alguien me dijo un día que debía darme permiso para sentir, y creo que tenía razón: el sol ya no sale tímidamente detrás de las nubes.

Sin prisa llega la noche. Bosteza el tiempo que me es dado para poner a remojo una idea, sólo una: yo. Y noto los latidos de mis dedos en el teclado cuando acarician mi deseo de otra alma, otro cuerpo, otra persona tan voraz y auténtica como yo mismo. No, no hay prisa: tengo para dar y tomar en mi refugio improvisado. Basta con estar un ratito a la luz del fuego que baila en la chimenea, y a la sombra de este Reserva del 92. Hundido en el sillón de cuero, bailo yo también al ritmo del humo blanco del cigarrillo, y me confundo entre los cuadros, las mesitas de cristal y las lámparas de bronce, como si fuera el protagonista del guión de mi vida, en vez de un intruso agazapado en la esquina de una antigua soledad.

A estas brasas no les toca ya apagarse porque no me da la gana, y porque el vino en la penumbra quiere ser negro y no le dejo. Baila en la copa, y apura su frescor en la garganta, rojo como la sangre que palpita en mis venas.