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martes, 1 de noviembre de 2011

Podéis verlo como yo

Ahí le veis, encorvado por el peso de los años;
en una mano el bastón y en la otra un ramillete de claveles blancos.
Ahí le estáis viendo, cómo camina laboriosamente en el mar de cruces erguidas;
la triste melancolía de los cipreses flanquea el avance de sus pasos,
y los ángeles custodios le miran desde sus cuencas vacías,
exactamente igual que vosotros y yo, ahora,
le estamos mirando.

Ahí está, ya ha llegado.
Mirad cómo se quita el sombrero con respeto;
ahora posa su mano en la lápida, y acaricia levemente la inscripción de la fría piedra.
Fijaos en el ritual silencioso, en la costumbre tejida a telarañas de duelo.
Hay un pequeño jarrón de barro donde reposan las flores;
él sustituye con delicadeza las ajadas, y recoge los pétalos mortecinos en su pañuelo como si quisiera guardar para sí
un secreto perfume.
Mirad su cara, apuntalada de surcos y arrugas,
con esos ojos oscuros antaño vivaces, y ahora de inviernos ya vencidos;
y cómo reza o susurra de memoria un epitafio;
y cómo dispone su frágil cuerpo para acomodarse un rato,
a su lado.

No se queja;
se ha acostumbrado a visitarla todos los primeros días de noviembre, cuando ya las tardes caen deprisa y el frío cuaja las gotas de lluvia.
Al principio no fue nada fácil, después de toda una vida compartida.
Cuando ella murió, él se convirtió en un fantasma, y deambulaba entre las cuatro paredes de su casa, esperando encontrarla detrás de cada esquina.
La angustia y desesperanza dejó paso al dolor, y un día ese dolor le dejó exhausto,
agotado de sombras,
llegando la tristeza como un manto que abarcaba todo.

El habla
de cómo van las cosas desde que ella no está;
habla
de sus hijos, de cómo van los nietos; cuenta una por una las historias que le llegan de paso, y se lamenta de no poder afrontar con ella los problemas a diario.
Recuerda los buenos y malos momentos que tuvieron que pasar juntos;
pero sobre todo echa de menos los largos días
en los que parecía que nada pasaba,
pero todo ocurría.
Esa rutina que los hizo indestructibles,
en las que los defectos de cada uno se limaban y ajustaban como piezas sensibles de un gran mecano.
No puede olvidar el principio, cuando todo era pasión y bellos sentimientos,
y casi sin darse cuenta, de puntillas,
el hilo se la costumbre dejó paso a la férrea voluntad de amar.
La rueca de la vida siguió girando, y a partir de ahí, entre alfileres, tejieron una madeja tupida que no se quebró hasta su muerte.

Él nunca pudo decirla adiós.
Como esta tarde, siempre se despide con un gesto de cariño y la promesa de volver a verla pronto.
Podéis ver cómo se levanta y se santigüa;
cómo recoge su sombrero y se lo cala hondo,
hasta ser de nuevo una sombra
que gira sobre sus pasos para recorrer de vuelta el camino que se pierde más allá de este camposanto.

Sí, podéis verlo como yo: él sigue amando.

Os lo dice aquella que escucha sus oraciones y sabe cómo es su corazón.
Os lo dice aquella que ya ha llegado.
Os lo dice la que ha muerto y anhela encontrarse de nuevo con él,
su amado,
antes de vivir para siempre.

1 comentario:

  1. Realmente conmovedor, Miguel, un bello relato que me ha humedecido los ojos.

    Abrazo.

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