Podéis verlo como yo
Ahí le veis, encorvado por el peso de los años; en una mano el bastón y en la otra un ramillete de claveles blancos. Ahí le estáis viendo, cómo camina laboriosamente en el mar de cruces erguidas; la triste melancolía de los cipreses flanquea el avance de sus pasos, y los ángeles custodios le miran desde sus cuencas vacías, exactamente igual que vosotros y yo, ahora, le estamos mirando. Ahí está, ya ha llegado. Mirad cómo se quita el sombrero con respeto; ahora posa su mano en la lápida, y acaricia levemente la inscripción de la fría piedra. Fijaos en el ritual silencioso, en la costumbre tejida a telarañas de duelo. Hay un pequeño jarrón de barro donde reposan las flores; él sustituye con delicadeza las ajadas, y recoge los pétalos mortecinos en su pañuelo como si quisiera guardar para sí un secreto perfume. Mirad su cara, apuntalada de surcos y arrugas, con esos ojos oscuros antaño vivaces, y ahora de inviernos ya vencidos; y cómo reza o susurra de memoria un epitafio...