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Mostrando las entradas etiquetadas como Relatos

Podéis verlo como yo

Ahí le veis, encorvado por el peso de los años; en una mano el bastón y en la otra un ramillete de claveles blancos. Ahí le estáis viendo, cómo camina laboriosamente en el mar de cruces erguidas; la triste melancolía de los cipreses flanquea el avance de sus pasos, y los ángeles custodios le miran desde sus cuencas vacías, exactamente igual que vosotros y yo, ahora, le estamos mirando. Ahí está, ya ha llegado. Mirad cómo se quita el sombrero con respeto; ahora posa su mano en la lápida, y acaricia levemente la inscripción de la fría piedra. Fijaos en el ritual silencioso, en la costumbre tejida a telarañas de duelo. Hay un pequeño jarrón de barro donde reposan las flores; él sustituye con delicadeza las ajadas, y recoge los pétalos mortecinos en su pañuelo como si quisiera guardar para sí un secreto perfume. Mirad su cara, apuntalada de surcos y arrugas, con esos ojos oscuros antaño vivaces, y ahora de inviernos ya vencidos; y cómo reza o susurra de memoria un epitafio...

Volver

Un día cualquiera, sin razón aparente, vuelves. Aquellos paisajes que un día lejano visitabas con frecuencia y apenas hoy recuerdas. El pueblo dormido; la plaza empedrada en jirones de bruma. Aquella casa azul levantada sin querer, ladrillo a ladrillo, construida en algún páramo remoto de la conciencia. Todo regresa. Los hábitos que perdiste; la costumbre relegada al olvido. La habitación, una cama esquinera, el pupitre reconvertido en escritorio y el lápiz despuntado pegadito al cuaderno de dibujo. Todo está en su sitio. Diríase que las cosas que observo casi con nostalgia conspiran en aparente letargo mientras esperan un gesto, un leve movimiento que desencadene la acción necesaria para resucitar de entre los muertos. Mientras recorro de un vistazo todos estos pensamientos, me doy cuenta que quizá los paisajes y objetos que habitan en mi imaginación, en la memoria, a vuelapluma mientras estoy escribiendo, forman parte de mí, de un trocito de lo que soy; y en la soledad voluntaria...

Un buen día

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He cogido vacaciones de la gran ciudad y ayer noche llegué al pueblo de madrugada. Me recibe la vieja casa, grande, silenciosa y cubierta de polvo. Un perro ladra. Hace frío en la habitación principal y me meto en la cama con un par de mantas. Las vigas crujen como si en vez del viento, estuviese retorciéndolas algún alma en pena. Estoy agotado, molido y me parece oír a lo lejos que en el campanario de la iglesia, tañen cuatro veces las campanas.

El tesoro

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Querido Pablo: Con el tiempo, he llegado a pensar que amábamos sin darnos cuenta. Te acordarás de aquella cafetería donde solíamos quedar después del trabajo. El humo de los cigarrillos se fundía con el del café, y a través de él, mirándome a los ojos, decías que estábamos cautivos en una pequeña isla del tesoro, aislados del mundo. ¿Cómo no iba a creerte? Muchas cosas han ocurrido desde entonces, y me temo que otras muchas pasarán antes de atreverme a enviarte esta carta. Por ahora, déjame que siga recordando aquel hotel, y cómo atravesábamos el vestíbulo hacia el ascensor, erguidos y distantes, bailarines de tango cuyos preliminares acaban cuando la muchedumbre deja de observarlos. Ya por el pasillo de la quinta planta, éramos cazadores furtivos acechando la pasión como presa. Dos desconocidos con idéntico número de habitación, la ventana siempre tapada por las cortinas, la misma cama. Entonces,veía tu silueta acercándose en la penumbra y me faltaba tiempo para sentir las yemas de mi...

Una lección de caballerosidad.

Principios de mes. Cola en la caja del supermercado. Los carros de la compra hasta los topes, como si mañana alguien declarase la guerra y todos esperásemos restricciones de alimentos. Al final, en cuarto lugar, una anciana con una bolsa de tomates en la mano. Me digo que es buen momento para enseñarle a mi hijo una lección de caballerosidad. Mando al crío decir a la señora que pase delante nuestro. Veo su sonrisa cansada cuando atiende al niño; le dice algo entre dientes mientras me mira, pero no acaba de moverse hacia nosotros. Vuelve el crío y le pregunto qué ocurre. - Que muchas gracias, pero no quiere pasar. -¿Por qué? - No lo sé. - A ver, espera aquí. Me acerco intrigado hasta la señora y saludo: - Hola, ¿no quiere usted pasar? Veo que lleva usted muy poca cosa. - Es usted muy amable, y le confieso que me gustaría mucho, pero eso es algo que no depende solo de usted. - ¿Eh?, ¿A qué se refiere? - Verá, aunque usted me deje pasar, estaría colándome al resto de personas que esperan ...

Náufrago del aire

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Uno de los momentos más placenteros de mi tiempo libre es la hora del baño. No me refiero a la playa, ni a la piscina, no. Hablo de la bañera blanca que hay en mi casa. Reconozco que la mayoría de las veces te das una ducha rápida y fuera, pero en contadas ocasiones y cuando tus quehaceres lo permiten, preparas el baño como si de un ritual decimonónico se tratara. No tengo jacuzzi ni chorritos varios que enturbien el agua, pero mi bañera se prolonga en una repisa grande a su cabecera, y en otra más estrecha y alargada en el lateral, justo enfrente de un ventanal oscilobatiente. Allí, junto a las macetas de plantas interiores que rodean la bañera coloco el libro que toque en ese momento, un par de velas, el cenicero y el tabaco. Ayer disfruté de un baño de espuma mientras echaba una ojeada a la novela "El tiempo entre costuras". La lectura me duró un par de cigarrillos y luego lo dejé para relajarme un rato. Me sumergí en el agua tibia unos segundos eternos y sequé la espuma d...

Romanticismo galáctico

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Llevo años en órbita al sistema solar 7 y ya empiezo a estar un poco harto. Cuando en Selección de Personal me dijeron que este era un trabajo importante y bien remunerado, yo fui el único memo del planeta que se lo creyó. Quería viajar y pensé que me venía bien un cambio de aires después de mi formación académica, así que firmé un contrato temporal por 200 años: la mayor parte de mi juventud. Mi trabajo consiste en mapear este trozo solitario del Universo, y buscar fuentes de energía. Puedo decir ahora, sin temor a equivocarme, que es un coñazo directamente proporcional a la magnitud del rastreo. La Corporación podría haberme llevado a Andrómeda, Perseo, Quilonda, o cualquier constelación decente y bien ubicada, pero esto está lleno de agujeros negros, planetas llenos de gases tóxicos y estrellas violáceas en las últimas: sin duda, es la gran almorrana del Universo. Tengo que repetirme todos los días que alguien tiene que hacer este trabajo sucio, y seguir unos procedimientos básicos ...

Arriba y abajo.

Carmen miraba por la ventana de su dúplex, absorta y pensativa. Acababa de recibir un email importante de su agente con un nuevo trabajo fuera de la ciudad, y repasaba mentalmente las instrucciones. Tenía que reunirse el domingo con él, en el café Beluga, a las 11:30 de la mañana, donde le daría un sobre, con un nombre y su foto, una dirección y el anticipo acordado. Lo de siempre. Aún le quedaba un día entero hasta su cita, y pensaba aprovecharlo; al menos hasta la comida. En un par de horas, su vecino Carlos, el informático, cortaría el césped de su jardín siguiendo como siempre un patrón preestablecido, en cuadrículas de diez metros por diez; arriba, derecha, abajo, derecha, hasta que llegaba a la siguiente porción de jardín. Carmen subió las escaleras y llegó hasta su habitación. Accionó el termostato de la ducha y se metió debajo, disfrutando del agua tibia sobre su cuerpo. En el vestidor, eligió el bikini azul que se compró hace un par de días en el Centro, y que apenas le cubr...

Amantes

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Se hace un amargo silencio entre los amantes. Raúl respira con acusación, incómodo, y vuelve sus ojos al muelle. —Mira, ¿sabes lo que te digo? Algo se me escapa. Estoy seguro que tienes algún motivo para no confiar en nuestro amor. Yo ya no sé qué decir, ni qué hacer para demostrarte lo mucho que te quiero, y esta conversación está derivando en un desencuentro inesperado que me hace sufrir. —Necesito estar segura. No es fácil para mí plantearte mis dudas, pero debo hacerlo. Te quiero. Creo que te lo he demostrado estos meses: mientras tú viajabas de aquí para allá, yo esperaba. Todos los días me levantaba temprano y me sentaba en el alféizar de la ventana para ver llegar al cartero. Casi siempre pasaba de largo. Encerrada entre cuatro paredes, te disculpaba pensando que no habrías tenido tiempo, que te habría sido imposible mandar unas líneas contándome tus aventuras y ... —¿Aventuras? No sabes lo que dices. Llevo dando tumbos toda la vida y parte de la culpa la tiene mi trabajo....

Happy days

Yo canto; tú lo sabes: canto. When Jesus wash.. ¡Oh, happy days! Y en cada nota, cada acorde in crescendo, siento crecer en mí el amor. Es el bálsamo que cubre y sana mis heridas. Rezo. No sé hacerlo de otro modo: es la única manera que puedo suplicar perdón. Flores en el jardín. Valla de madera blanquísima delimitando el pequeño huerto. Ropa tendida donde, a veces, dejo secar mi alma. Cielos azules, de raso y almidón, como la casa en que tú y yo vivíamos antes de marcharte a Afganistán. Este es el recoveco de mi vida donde guardo mis días felices, encerrados en la buhardilla de mi corazón. Cuando te vi bajar las escaleras de aquel avión ya eras otro. Olías a pólvora quemada y a odio incomprensible, contenido y absorto, y ni siquiera mis besos fueron capaces de borrar la propaganda y la guerra, el hastío infinito que traías en los bolsillos de la mochila. ¿De dónde sacaste tanta tristeza? ¿Qué hiciste, amor, para despertarte todas las noches empapado de lágrimas? Yo te preguntaba, y tú...

Rock´n Rio

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-¡Apaga la puta grabadora! ¿Qué te habías creído? Tú me ves en los conciertos, las entrevistas, las giras, las promociones y las fiestas con la misma pose calculada. Rebelde; irreverente, escandaloso, inconformista: el artista de las mil caras. Me pongo la máscara que sea más efectiva de puertas afuera, como si viviese en un carnaval permanente. Es lo que vende, ya sabes. Si hay algo desde los medios que habéis repetido hasta la saciedad de esta profesión de mierda, es la falsa impresión de que estamos por encima del bien y del mal. Que somos ejemplos de algo. Como si tocar la guitarra eléctrica, aporrear con fuerza la batería o desgañitarse con la voz rota después de cien conciertos en una temporada fuese un modelo de vida a seguir. Y míralos en primera fila: nos adoran. Ellos nos envidian y nos imitan, y ellas quieren meterse debajo de nuestras sábanas. Algunas lo consiguieron. Muchas. Y a la mañana siguiente no sabías con quien te ibas a despertar, ni tampoco si tenía nombre. ¡Bah! ...

¿Dónde irán las nubes?

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En esta noche fría de febrero, Juan sale en camisa a la terraza de su apartamento. Sus ojos vuelan hacia arriba y observa cómo veloces charcos de nubes cubren la luna llena. Enciende con parsimonia un cigarrillo y exhala el humo. Ultimamente trabaja demasiado. En la empresa las cosas se están poniendo difíciles, y nadie está a salvo del despido. La mayoría de departamentos han reducido el personal porque los balances trimestrales arrojan pérdidas, y ya no saben cómo reducir los costes. No salen las cuentas. No es que su empleo de contable llene sus aspiraciones profesionales pero, al menos, le permite sufragar el rosario de gastos corrientes, pagar la hipoteca y el coche. A la luz intermitente de la luna, Juan maldice su suerte. Su vida siempre ha sido una loca carrera de obstáculos, llena de promesas incumplidas. Recuerda cuando eligió la carrera universitaria; después de acabarla, los cursos y másters que tuvo que estudiar mientras trabajaba por las noches; su primer trabajo, en un...

Resplandeces

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Mi querida luciérnaga: Te escribo esta carta porque no sé cómo darte las gracias. Tú me conoces. Me has visto aparecer como un intruso y colonizar sin miramientos este jardín. Llegué a la casa con el alma en los huesos, acarreando un sinfín de cajas de cartón con etiquetas identificativas. Aquí los cuadros. Allí los libros. Un edredón demasiado grande y unas sábanas, el sillón y la lámpara, las teclas desniveladas de la vieja máquina de escribir; mi guitarra española; los portafotos vacíos que le regalé. Se me cayó la casa encima, ya sabes. Aquellas cosas que desembalé sin ganas apenas las reconocí; no supe si alguna vez fueron mías, o quizá de alguna otra persona que, dentro de mí, en un tiempo lejano utilizó. Pasé cien noches junto a la chimenea, y todo era humo, y polvo y niebla espesa. A mi lado, los folios en blanco que un día soñé apretados de vida, de recuerdos e historias para compartir. ¿Compartir? Sé que en ese salón morí muchas veces, y otras tantas me levanté como brasa se...

Servilleta de papel

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Estás sentada en la barra de un bar, removiendo el café con leche con parsimonia, mirando sin ver, como si el remolino que arrastra la cucharilla fuese el desagüe de tu vida. Te imaginas en el borde del vaso, dando un paso al frente para zambullirte en el abismo. Giras y giras. Desapareces. Después de un pequeño desvanecimiento, casi una ilusión, emerges como el cadáver de un ahogado, y te preguntas si despertarás alguna vez de esos sueños líquidos. Bebes a sorbitos, paladeando el amargo sabor de la derrota, y tu rostro se transforma en un jeroglífico indescifrable. No tengas miedo; puede que las cosas que ahora te parecen insalvables, definitivas, dentro de un tiempo no sean más que el principio de algo mejor. Cojo una servilleta y escribo: Observo tus movimientos, y el gesto fruncido de la desesperación. -¿Qué te ocurrió?- Yo quisiera decirte que no estás sola. Yo quisiera nombrarte sin palabras las infinitas posibilidades que nos ofrece el amor. Apunto rápido, a voleo, mientras un b...

Patología de un paisaje (VI de VI)

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Lucía Me llaman del busca. Parece urgente. Recorro los asépticos pasillos del hospital y cojo el ascensor al sótano. Me dirijo a mi pequeño santuario: el departamento de patología forense. El policía me dice que tienen un nuevo caso de asesinato y todo indica, por las pruebas preliminares, que el arma homicida es un hacha. Las víctimas son una pareja de jóvenes a los que han descubierto parcialmente mutilados en un contenedor de la basura. Sus manos estaban atadas por abrazaderas de plástico blancas y en los torsos de cada uno, a cuchillo, habían escrito con geométrica caligrafía “siempre” y “por parejas” respectivamente. En un descanso he llamado a Adam, y le he contado este nuevo hallazgo. Se ha mostrado interesado por los detalles del caso y me ha preguntado si los policías tienen alguna pista. –“Las policía nunca se entera de nada”- le he respondido. Me ha dicho que tenga cuidado y vuelva pronto a casa. Adam es un sol. Excepto cuando se pone pesado con el orden y me dice lo que deb...

Patología de un paisaje (V de VI)

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Adam Me quedé con su cara. Cuando entró en la ferretería a pedir por favor una cafetera de dos tazas, le dediqué la mejor de mis sonrisas mientras calculaba de reojo sus proporciones anatómicas. Sin embargo, no sé que vi en sus ojos: una extraña mezcla de soledad y tristeza, como si alguien o algo empozara su mirada. Merecía sin duda un buen epitafio. La seguí y averigüé que vivía a un par de manzanas de la tienda. Me hice el encontradizo y tomamos los dos un café cortado, con una sola cucharada pequeña de azúcar. Me dijo que le recordó a alguien, y luego se echó a llorar como una loca. ¡Dichosa empatía!. Me esforcé lo suficiente para, poco a poco, ganarme su confianza. Todavía no he decidido cómo matarla. Estuve a punto hace unos días, cuando ella visitó a su patética ex–pareja en mi cementerio. Desde la ventana observé como andaba hacia esa parcelita del fondo suroeste donde hace algún tiempo no encuadraba del todo la tumba de mármol. Bajé de tres en tres la escalera ...

Patología de un paisaje (IV de VI)

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Lucía Ya no puedo rezar, Luis; se me han agotado las lágrimas. Sé que debo venir más a menudo a contarte todo lo que ocurre, pero ya ves: he de seguir viviendo como sea, aun a costa de no visitarte en un largo espacio de tiempo. ¿Oyes como suenan las campanas? No; duermes, aunque en mis pensamientos todavía sigas despierto. Justo antes de tu trágica muerte, tuviste la sangre fría de hacerme prometer que te enterraría en el panteón familiar, al lado de tu madre, para que buscara una nueva pareja y nada ya me atase a ti... ¡Cómo te he querido, Luis! No sabes cómo me está costando olvidarte. Mira, hoy tengo que darte una buena noticia, pero antes déjame que cambie primero esas flores ajadas y ponga éstas; déjame que limpie el polvo de las lápidas con el pañuelo y me siente a tu cabecera. Escucha esto: ¡ya tengo la especialidad y el doctorado! Era la asignatura pendiente cuando nos casamos, ¿te acuerdas? Tenía tal urgencia de ti, que al principio no me importó nada aparca...

Patología de un paisaje (III de VI)

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Adam Ernest Descals (Pintura) Hago colección de epitafios. Mientras voy en autobús al trabajo, imagino una frase lo más críptica posible que defina de un golpe a las personas que me acompañan en el trayecto, como si en ese momento fuera a sorprenderles la muerte. Cuando alguien me llama la atención, bosquejo mentalmente las facciones del sujeto mientras le sonrío con amabilidad, y trazo un rápido boceto organizando su fisonomía como el pintor ante su caricatura. A partir de ahí, lo enfrento a las palabras. A veces me enfrasco de tal modo en conseguir un epitafio aceptable, que pasa de largo la parada, y tengo que volver andando parte del recorrido. No me importa, abro mi ferretería cuando quiero. Puedo permitirme el lujo de saborear mis pequeños pasatiempos sin que nada ni nadie me moleste. -“Dios quiera que lleves tanta gloria como descanso dejas”- Ese sería el epitafio ideal para el hombre gordo que lee el periódico a mi derecha. Podría aplicarse a la mayoría de gente que sube ...

Patología de un paisaje (II de VI)

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Lucía En esta pequeña ciudad de provincias todavía sobreviven tradiciones que se pierden en la memoria. Una de ellas es el tañido de las campanas de la iglesia, próxima a mi casa, cuando llaman a misa o doblan a duelo. Ya me he acostumbrado. Dicen que las campanas son el sonajero de los muertos. Para mí tiene otro significado mucho menos siniestro: misa de diez corresponde exactamente a la hora en que disfruto del segundo café de la mañana. Me quedan al menos cuatro intensas horas de trabajo para ordenar y pulir mi tesis doctoral. Un último esfuerzo para completar, ¡al fin!, mi formación como médico. Me trae de cabeza toda la documentación, manuscritos, apuntes, notas al margen que ahora reinan desperdigados en el escritorio: estoy convencida que la teoría del caos se formuló especialmente para mí. ¡Hierve el café! Voy corriendo a separarlo del fuego, mientras pienso que a Luis mi despiste le hubiese parecido del todo imperdonable. El esperaba pacientemente y apar...

Patología de un paisaje. (I de VI)

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Adam Me gusta la simetría. Hay cierta oscuridad en esa marea de trazos que pugnan por ordenarse hasta conseguir el equilibrio. Paseo con las manos cruzadas en la espalda, atento a las grises baldosas de cemento, los bordes lineales de las aceras y la arquitectura decadente de los edificios. Mi mente levanta sin cesar puntos de fuga y busca la mejor perspectiva a cada momento. Mido distancias; no descanso hasta que llego a mi estudio. En calculado orden, coloco la compra en la nevera como si fueran las piezas de un delicado puzzle. Envases de plástico opacos, colores neutros, sin aristas: siempre por parejas. Decidí mudarme a este lugar por sus vistas al cementerio. La chusma que lo visita no logra comprender el verdadero significado de los volúmenes que definen cada calle, cada esquina; ellos se sienten como Dédalo en el laberinto, y buscan rápido la salida y agachan la cabeza y se giran acongojados por si acaso, de repente, cruza ante ellos el miedo. Son incapaces de fijarse en cómo f...