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miércoles, 17 de marzo de 2010

Amantes


Se hace un amargo silencio entre los amantes. Raúl respira con acusación, incómodo, y vuelve sus ojos al muelle.


—Mira, ¿sabes lo que te digo? Algo se me escapa. Estoy seguro que tienes algún motivo para no confiar en nuestro amor. Yo ya no sé qué decir, ni qué hacer para demostrarte lo mucho que te quiero, y esta conversación está derivando en un desencuentro inesperado que me hace sufrir.

—Necesito estar segura. No es fácil para mí plantearte mis dudas, pero debo hacerlo. Te quiero. Creo que te lo he demostrado estos meses: mientras tú viajabas de aquí para allá, yo esperaba. Todos los días me levantaba temprano y me sentaba en el alféizar de la ventana para ver llegar al cartero. Casi siempre pasaba de largo. Encerrada entre cuatro paredes, te disculpaba pensando que no habrías tenido tiempo, que te habría sido imposible mandar unas líneas contándome tus aventuras y ...

—¿Aventuras? No sabes lo que dices. Llevo dando tumbos toda la vida y parte de la culpa la tiene mi trabajo. ¿Acaso crees que me divierte recorrer el país, de la estación al hotel, las visitas a los clientes, para luego volver del hotel a la estación? Es un círculo interminable, una maldita rueca que no para de girar.

Raúl se levanta del banco y apoya sus manos en la barandilla, cara al mar. Ella mira despacio su silueta, y siente que un abismo acaba de abrirse entre ellos. Esta mañana el olor a salitre le recuerda el día que le conoció, muy cerca de allí, en los arrabales del Puerto de San Juan. Celebraban la fiesta de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros, y después de la romería todo el pueblo se reunía en la plaza y organizaban un baile en su honor. Él la sacó a bailar, ofreciéndole la flor que adornaba la solapa del elegante traje azul. Dos años habían transcurrido desde aquel instante. Dos años enamorada de un hombre al que —ahora se daba cuenta— apenas conocía.

Él se vuelve hacia ella y prosigue, apesadumbrado:

—Lo sé, la última vez que nos vimos fue hace tres meses, pero no ha pasado un solo día en que no haya pensado en ti. Reconozco mi incapacidad para detenerme un momento y escribirte. Nunca he sabido cómo plasmar mis sentimientos en un papel; se me hace cuesta arriba y temo caer en los mismos lugares comunes donde arrastro mis pasos. ¿Sabes? Quizá sea cierto que no te quiera lo suficiente. Tú mereces a alguien mejor que yo.

—¿Ya te rindes? ¿Te das cuenta? Tú entiendes el amor como algo impetuoso, un sueño del que no quieres despertar; eres un idealista. Basta que yo te enfrente a la realidad de las cosas para que desesperes. Ahora no lo comprendes, pero quiero examinar si tu amor es verdadero antes de abandonarme para siempre en tus brazos.

Raúl intenta mantener la compostura, y cruza los brazos sobre el pecho, en actitud defensiva.

—Me estás volviendo loco, Sarah. Perdóname, pero es imposible seguirte. ¿De verdad crees posible que sepamos desde ya lo que va a ocurrirnos en el futuro? Ese afán por determinar el verdadero amor, esa entelequia absurda ¿no será que hay algo de tu pasado que aún no me has contado? ¿No será que alguien anterior a mí te hizo tanto daño que ya no confías en el amor?

El mar golpea el espigón del puerto, y levanta una nube fría de espuma. Ella revuelve en la marea sus pensamientos y cubre su cara con las manos; se prometió a sí misma que no iba a llorar. Intenta sobreponerse, pero sólo un débil hilo de voz sale de su garganta.

—No, Raúl, no es eso... No es eso...

Sarah, te quiero. —Se sienta junto a ella de nuevo, abrazándola— Pasaremos juntos por cualquier situación por difícil que sea, te lo prometo. Dejaré todo por ti, ¿me oyes?.. Todo. Empezaremos de nuevo en cualquier lugar y te demostraré día a día que no te has equivocado conmigo.

—¡Ay! Raúl... ¿qué va a ser de mí, de ti, de nosotros? Tú no sabes lo que han sido estos meses escondiendo mi amor tras las esquinas mientras esperaba noticias tuyas. No imaginas cómo eché de menos tus besos; no sabes qué sufrimiento cuando me castigaba a solas diciéndome que yo era nada más que una aventura para ti. ¿Cómo fue posible que perdiese la razón, enamorándome de esta manera? No debimos habernos dejado llevar por la pasión antes de estar seguros; quiero que sepas que todos esos largos días, asomada a la ventana de mi habitación, veía a nuestro hijo preguntándome cómo era su padre.

1 comentario:

  1. Me ha encantado tu relato. Lamento repetirme, pero es que me gusta cómo escribes. Y echo de menos tu presencia y tus escritos.

    Espero que estés bien.

    Un cordial saludo.

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