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jueves, 21 de enero de 2010

Morir del todo.


En el lecho de muerte estoy, agonizante. Ya los sueños escapan peregrinos, mezclándose con recuerdos de infancia, postergando la reflexión y el análisis acostumbrados a pequeños latidos inconexos de realidad.

Yo que siempre había mantenido una posición teórica basada en la razón; yo que había hecho de la prueba dialéctica, del criterio epistemológico, un enorme tinglado cuyos cimientos consideraba sólidos; yo que no había admitido otras pruebas distintas de las de tipo matemático o de la ciencia experimental, denunciando desde la filosofía la emponzoñada trampa metafísica, negando la necesidad de una “causa primera no causada”, un “ser necesario y no contingente”, un “primer motor inmóvil”...

¡Ay! Qué cerca me encuentro de no ser, de la nada... Así es como he definido desde siempre la existencia del hombre: como un conjunto de componentes químicos que se interrelacionan, evolucionan y cambian. Hubo un tiempo en que me atormentó la idea de un principio de las cosas, pero me repugnaba la idea de un diseño preestablecido. Ningún género de conocimiento es más exacto que la ciencia, por lo que me abstuve de preocuparme más de lo necesario en otras cuestiones falaces que en nada ayudaban a mi descubrimiento de la realidad.

Debo encontrarme sin duda en esas horas de lucidez que preceden al fin. Vivo ya de prestado, enchufado a unas máquinas que extienden sus tentáculos sobre mi cuerpo, inmisericordes. La habitación es apenas un cuarto aséptico, inundado de luz azul parpadeante. Sin ventanas, sin rostros.

He aprendido a convivir con la soledad, convirtiéndola en mi más fiel compañera y amiga. Ella ha crecido conmigo, presta a olvidar la infancia, solícita en la adolescencia. Los años fueron cayendo fructíferos, intensos en conocimientos y esfuerzo. Cuando por fin perdí la fe, logrando desembarazarme de los prejuicios, de ese error trágico vestido con ropajes irreales, un vacío infinito ocupó el lugar donde poco antes luchaba con Dios. Entonces la soledad se me presentó adulta, mujer completa. Y la amé en silencio, haciéndola acreedora de mis desvelos. Ahora, esa soledad que creía segura, está anegando sin piedad los últimos resquicios de mi alma. Se ha convertido en algo autónomo, vibrante, gigantesco. Ahora, cuando la muerte acecha en el páramo de la conciencia, noto que está terminando de devorarme, tratando de acabar con los restos de esperanza que aún pudiera quedarme..

He aquí la soledad plena, la que sustituye a Dios; dicen que la partida de Dios no se compensa con la llegada de nada, que es inútil rellenar su vacío con sentimientos y vivencias; la pérdida es absoluta. Pero la soledad me ha acompañado espléndida a lo largo de los años, ayudándome a simplificar, aplicando un reduccionismo eficaz cuyas opciones son simples: no hace falta explicar a Dios, pues en la esencia divina está el no requerir explicación, o bien, hay una regresión infinita donde un Meta-Dios crea a Dios y así sucesivamente. De nada me sirven ahora las sesudas hipótesis que he defendido apasionado ante la cruda imagen de los catéteres inyectando esperanza en mis venas. No hay regresión posible en la muerte y necesito hallar una explicación antes de que se me acabe el tiempo, para enterrar esta infinita soledad que quiere matarme del todo.

No sé que extraños pensamientos me asaltan en las horas postreras. Resuenan golpeando en las sienes conjeturas ya olvidadas, y ya no sé qué es filosofía o metafísica, qué religión, superstición, mitología, qué sistema, lenguaje o Dios. Intento fijar las ideas, recordando mis autores favoritos, abundando en pasajes románticos en los que la muerte aparecía liberadora de mi sufrimiento..Pero sólo me viene a la memoria aquella reflexión de Unamuno:

“Y si no muero ,¿Qué será de mí? Y si muero, ya nada tiene sentido.”

No quiero morir del todo. No soporto la idea, tan cercana, de que mi existencia no haya tenido sentido, ni tampoco que se reduzca a una cita en la Historia, o un bonito epitafio en mi lápida. Ni siquiera me importará el dolor de aquellos que han compartido su vida conmigo. ¿Acaso puedo atribuirme sentimientos o acciones después de muerto? Unamuno lo comprendió a tiempo: si morimos del todo, no es que la vida no tenga sentido, sino que el acto concreto que en este momento realizo, no tiene trascendencia ni importancia alguna, pues es necesario que la tenga siempre. De otro modo, no la tiene YA.

No hay soledad más profunda y áspera para el hombre que morir del todo.

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