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domingo, 31 de enero de 2010

Veinte minutos.

Cojo la gabardina gris y el maletín de documentos. ¡Ah, el paraguas! Por fin he acabado la jornada de trabajo y me dispongo a abandonar el despacho para volver a casa. Bajo las escaleras del portal de dos en dos, como si necesitase escapar de aquel lugar antes de que acabe por devorarme. Camino por las calles en dirección al Metro, observando de reojo a los transeúntes que como yo, van con prisas con las manos en el fondo de sus abrigos. !Qué monotonía tras el vaivén diario de mis pasos! Ya no recuerdo el momento en que mi vida dejó de interesarme.

Traquetea el vagón quejándose de puro viejo, mientras ojeo la última novela de un escritor innombrable que Liz, mi mujer, me aconsejó. No acabo de encontrarle sentido a un argumento tan enrevesado, por mucho que los celos -como dice ella- sean uno de los motores que mueven el mundo. Yo te diré, querida, la razón fundamental por la que el mundo gira con nuestras vidas a cuestas: el dinero. Llegar a fin de mes. Pagar el montón de facturas que se acumulan en el buzón y que sostienen nuestro nivel de vida. Los tiempos románticos han pasado sin avisar, y las responsabilidades se han hecho con el control de forma permanente. ¿No ves mis canas? No, puede que ya no te fijes ni siquiera en eso.

El tren chirría al frenar como si anticipase la agonía de un muerto. Otra estación más. La gente se agolpa en las puertas para salir, y me pregunto cómo es posible que nadie se mire a la cara, tan cerca como están unos de otros. Somos como ganado estabulado a punto de ser marcado a hierro y fuego, pero permanecemos indiferentes, impermeables a cualquier emoción. Aprovecho para hundirme en el fondo del vagón mientras salen y entran, e intento enfrascarme de nuevo en la insípida novela.

-Hola, Eduardo.-
Dios mío, no puede ser.. no puede ser ella. Noto el segundo infinito en que una cuchilla ya olvidada me rasga el corazón.
-Ana.. ¿eres tú?.- Qué estúpido, claro que es ella. ¿Cómo no recordar a la mujer que me volvió loco para luego desaparecer sin rastro? ¿Cómo olvidar los dos mejores años de mi vida? Intento recomponerme como puedo, pero soy consciente de que no lo consigo.
-¿Cómo estás?..Uff, ¡cuánto tiempo!
- Sí, hace más de quince años que no sé nada de ti.- Una sombra de tristeza cruza veloz por sus ojos azules. Genial, la veo después de tanto tiempo y sólo se me ocurre lanzarle un reproche.
- No has cambiado.
- Sí, Ana.., sí he cambiado desde entonces. Ya no somos jóvenes y la vida ha dado muchas vueltas. Pero tú.. tú estás espléndida. Cuéntame..¿qué es de tu vida?
- Bueno.. las cosas al principio fueron complicadas.. y duras, pero poco a poco conseguí hacerme un sitio en otra ciudad, acabé la carrera y logré un buen trabajo en un hospital.
- ¡Lo conseguiste! Me alegro mucho por ti. ¿ Te... casaste?
- Sí.., me casé hace algún tiempo y tengo una hija. ¿Y tú?
Empiezo a sentirme por fin seguro de mí mismo. Quizá este encuentro era lo que necesitaba para enterrar viejas heridas. ¡La tengo tan cerca! Durante mucho tiempo creí no ser capaz de superar todo aquello que vivimos, y mira ahora, casada y con hijos. Excelente baño de realidad. Sin embargo.. al menos he de averiguar por qué se marchó.
- Me casé hace cinco años, pero aún no tenemos críos.
Pasan las estaciones sin darnos cuenta, y charlamos como si fuéramos dos viejos amigos. No nos costaría nada recuperar aquella complicidad de cuando éramos amantes. No nos costaría nada volver a sentir deseo, hacer planes, vivir juntos, madrugar para hacer de nuevo el amor y amanecer a mediodía como si imprimiésemos al mundo nuestra propia velocidad.
-Ana, dame una dirección, tu número de teléfono..
- No, esto ha sido una casualidad que no debemos repetir.
Me siento ofendido. ¿No era yo el que quería zanjar la cuestión? ¿Qué ha pasado en veinte minutos?
- Sí, tienes razón. Yo me apeo en la siguiente. Quiero que sepas que me ha encantado charlar contigo, volver a verte. Ha sido como regresar a otra vida que ya había olvidado.
- A mí me ha pasado lo mismo.. pero yo nunca he podido olvidarla. Adiós, Eduardo.
El tren se detiene solo para nosotros. Si alguna vez hubo gente en ese vagón, puedo jurar que eran parte de algún extraño decorado. ¿Así que me abandonó y no ha podido olvidarme? Puede que nunca sepa la razón por la cual me abandonó, pero ahora es mi oportunidad para dejar atrás todo aquello, una especie de pequeña venganza que restañe levemente el dolor, la angustia que sufrí cuando desapareció. Es hora de dar un paso adelante y no mirar atrás.
- Adiós, Ana.
Noto su mirada clavándose en mi espalda mientras se cierran las puertas de un golpe. Oigo un susurro que se hace cada vez más fuerte:
-No he tenido valor, Eduardo!
-¿Qué?..- La miro de frente. La miro a través del cristal y veo como sus ojos se llenan de lágrimas. El tren acelera.
-¡Aún no he confesado a mi hija quién es su padre!- grita Ana
Sus últimas palabras flotan en el aire antes de que el tren desaparezca tragado por la oscuridad.

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