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sábado, 3 de agosto de 2013

Calma

Noche cerrada. Arranco el coche camino Bosque,  para volver a los amaneceres. Siempre igual: acabas volviendo al punto de partida, pero con la expectativa de disfrutar de la salida del sol como si fuera la confirmación de una promesa, después de una oscura noche sin luna.  No importa que creas que esta canción ya la has oído muchas veces: cada vez que la escuchas,  suena diferente; no importa que sientas caer los segundos como el velo de tu mortaja,  o tirites de frío cuando el rocío helado lame tu cadáver, porque sabes a ciencia cierta que los minutos traerán la gloria y resurrección.  Aquí no cabe la incertidumbre, pero sí la esperanza de cómo te sorprenderá la belleza, igual que el reflejo del alma en el cuerpo desnudo de una mujer. Tímido al principio,  vacilante; empeñado en hacerse esperar a tonos naranjas, el espacio llama a la puerta del tiempo, y le ruega calma. Juego a detener la brisa e imagino un rostro al otro lado de mi vida, sonriendo, mientras vuela en raso el perfil de la luz, devorando la oscuridad a bocados. Gira dándose de bruces con el horizonte y lo ilumina, haciendo posible que todo tenga sentido desde el principio de un nuevo día. 

Sale el sol.

3 comentarios:

  1. Siempre sale el sol hasta cuando se desvanece en nuestro último horizonte, siempre amanece de nuevo.

    Estuve estos días al final del camino, en Fisterra, y me di cuenta de que los caminos se quedan pequeños cuando tienes delante la inmensidad.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Regreso al punto de partida pero… me ilusiono con algo nuevo que no llega. Todo se desarrolla como siempre, tal y como recordaba; aún así, no pierdo la esperanza de que algo, diminuto, cambie, mas es en vano. Y no me consuela la repetición.

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