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miércoles, 5 de octubre de 2011

Miña Terra Galega

Me han invitado a comer hoy. No ha sido una invitación normal, de esas de cumplo y miento, en un restaurante más o menos bueno, regado con el último vino sabor trabajo. En esta tierra de meigas y trasgos las cosas no se hacen así. A la 1:30 nos hemos reunido en el cenador del anfitrión, y entre risas se han puesto a preparar unos calamares en su tinta que uno de ellos pescó ayer en la Ría. Todo hombres. Doce, como la última cena. Uno de los invitados, cocinero de un restaurante de renombre en la zona, ha puesto a cocer bacalao para un ejército, que había traído un armador recién llegado de Noruega -otro invitado- , después de cinco meses de no tocar puerto. Cosas veredes, amigo Sancho. El hombre, habituado a los silencios de capitán mientras negocia las frías olas, no ha dicho esta boca es mía hasta el primer Ribeiro. No le entendí nada, de cualquier manera, aunque me ha caído de fábula. Por un momento me he visto pescando en altura a sus órdenes, y una especie de respeto reverencial me ha recorrido la espalda, aparte del escalofrío. El Albariño me ha devuelto a tierra firme, y la empanada de berberechos de Noia, al cielo. Esta última la ha cocinado un galleguiño de acento cerrado, enjuto, risueño, con una simpatía especial que sólo saben demostrar aquellos que han emigrado 30 años -en este caso a Canadá- y han conseguido volver a tiempo. El plantel de comensales se completaba con gallegos finos, apegados al terruño, de las más diversas ramas y actividades: cada uno de ellos daría para un cuento de Chejov, en versión española. Dos tipos de bacalao: uno al horno, el otro cocido con patata de la huerta de otro de ellos. Insisto en abrir un par de Riojas, porque de tinto allí andan perdidos. De postre, un flan de 15 huevos. Cachondeo, porque el de la huerta es criador de gallinas autóctonas por afición, e insiste que tiene los mejores y más gordos huevos de Galicia, y me pongo por testigo que son realmente buenos.
Orujo destilado. Café de puchero. Copas a demanda y todavía hay quien se atreve a naipes para llegar, con el tute subastado, a la merienda.

Esta locura es la sal de la vida. Les he dejado enzarzados en una pelea de cartas prometiendo volver cada año y ellos, amables, me han mandado al carallo burlándose del madrileño que no aguanta ni come nada. En cuanto he llegado al hotel, después de la ducha, he echado mano al ipod, y he recuperado de la Edad de Oro el repertorio de Siniestro Total.

Aún estoy cantando Miña Terra Galega a pleno pulmón.

4 comentarios:

  1. Menuda comilona, para no repetir. También yo pienso que debiste quedarte a la merienda, estas cosas escasean. Madrileños...

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  2. Aina, mejor una retirada a tiempo que una derrota: no hubiera sobrevivido.

    Muhas gracias por pasarte y comentar. Un saludo.

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  3. ¿Pero tú qué haces en Galicia, muchacho? Yo te hacía en los Madriles.
    En cualquier caso veo que la terra galega te inspira mucho y te trata a cuerpo de rey. Siempre es para mí un gran placer empaparme de Galicia del modo que sea, leyéndote por ejemplo, porque por mis venas circula sangre gallega y estoy convencida de que pesa mucho en mi personalidad.

    Un abrazo y gracias por compartir esos momentos.

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  4. Maribel, trabajo, trabajo. En fin, ya vuelvo por mis lares. Estoy seguro que voy a echar de menos esa tierra y sus gentes.

    Un saludo.

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