Veinte minutos.
Cojo la gabardina gris y el maletín de documentos. ¡Ah, el paraguas! Por fin he acabado la jornada de trabajo y me dispongo a abandonar el despacho para volver a casa. Bajo las escaleras del portal de dos en dos, como si necesitase escapar de aquel lugar antes de que acabe por devorarme. Camino por las calles en dirección al Metro, observando de reojo a los transeúntes que como yo, van con prisas con las manos en el fondo de sus abrigos. !Qué monotonía tras el vaivén diario de mis pasos! Ya no recuerdo el momento en que mi vida dejó de interesarme. Traquetea el vagón quejándose de puro viejo, mientras ojeo la última novela de un escritor innombrable que Liz, mi mujer, me aconsejó. No acabo de encontrarle sentido a un argumento tan enrevesado, por mucho que los celos -como dice ella- sean uno de los motores que mueven el mundo. Yo te diré, querida, la razón fundamental por la que el mundo gira con nuestras vidas a cuestas: el dinero. Llegar a fin de mes. Pagar el montón de facturas que...