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Mostrando entradas de septiembre, 2010

Una lección de caballerosidad.

Principios de mes. Cola en la caja del supermercado. Los carros de la compra hasta los topes, como si mañana alguien declarase la guerra y todos esperásemos restricciones de alimentos. Al final, en cuarto lugar, una anciana con una bolsa de tomates en la mano. Me digo que es buen momento para enseñarle a mi hijo una lección de caballerosidad. Mando al crío decir a la señora que pase delante nuestro. Veo su sonrisa cansada cuando atiende al niño; le dice algo entre dientes mientras me mira, pero no acaba de moverse hacia nosotros. Vuelve el crío y le pregunto qué ocurre. - Que muchas gracias, pero no quiere pasar. -¿Por qué? - No lo sé. - A ver, espera aquí. Me acerco intrigado hasta la señora y saludo: - Hola, ¿no quiere usted pasar? Veo que lleva usted muy poca cosa. - Es usted muy amable, y le confieso que me gustaría mucho, pero eso es algo que no depende solo de usted. - ¿Eh?, ¿A qué se refiere? - Verá, aunque usted me deje pasar, estaría colándome al resto de personas que esperan ...

La escalera del amor.

Pongamos que hablo de desamor. Multitud de creaciones de los más afamados poetas hablan de ello. De hecho, ahora mismo estoy escuchando 19 días y 500 noches, de Sabina, ese cantautor cuyo talento atrapa en sus canciones a cualquiera. Este hombre tiene la virtud de conectar con gente de todo pelaje y condición, muchas veces a pesar suyo, porque sus versos tocan claves universales. No sé si predomina más el canto al amor que la carencia de él. Supongo que resulta más atractiva la ausencia, el desapego, la melancolía, la ruptura, el desengaño, la nostalgia, que la propia felicidad. La escalera del amor no tiene límites y, cuando nos enamoramos de alguien, nos empeñamos en subirla de tres en tres. De ahí el costalazo, el mamporro y el aporreamiento cuando nos damos cuenta que hemos perseguido un espejismo. La persona amada, tan idealizada en otro tiempo, resulta ser un cambalache de defectos, al menos tan persistentes y desagradables como los propios. Y de repente, casi sin quererlo, pasam...

Desde el tfno mòvil

Seré breve. Intento publicar una entrada desde el movil, pero me está resultando in poco farragoso y pesado. LAs tildes son in infierno. El autocompletar es una herramienta ridícula que juega malas.pasadas y la batería se agota a un ritmo superior que el tiempo empleado en publicar el post. Sin embargo, es Lo que hay por el momento. Al menos puedo leer la prensa en red, visitar los.blogs que frecuento, y desesperarme tecleando en ina superpantalla portátil hasta cogerle el tranquillo al chisme éste. Caguendiez con la tecnología; se está volviendo una.señorita insoportable...

Un banco del parque

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Míralo, siempre a la misma hora. Por allí llega a paso ligero por la avenida principal del parque, con la mirada perdida en ninguna parte y el corazón en vilo. Se sienta en un banco, pero no acierta a leer el libro que lleva; lo deja a un lado y pone sus manos en las rodillas, sujetándose las ganas de salir corriendo. ¿Te has fijado? Ahora se levanta, y recorre un trecho con las manos a la espalda y los dedos entrelazados; se da la vuelta y por la expresión de su cara parece preguntarse por qué hoy el césped es gris. En el ojal de su chaqueta, planchada a medias, lleva prendido un ramillete de deseos y la firme voluntad de no dejar pasar otra oportunidad. De repente, calle abajo corretea un perro canela y él se descompone. Cambia tres veces de postura antes de agarrar con fuerza el libro, y le cuesta unos segundos darse cuenta de que lo ha cogido al revés. No se atreve a mirar, pero adivina su silueta acercándose. Ya está ahí. Ella pasa por delante y le mira con una sonrisa, pero él, l...