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Mostrando entradas de agosto, 2010

Náufrago del aire

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Uno de los momentos más placenteros de mi tiempo libre es la hora del baño. No me refiero a la playa, ni a la piscina, no. Hablo de la bañera blanca que hay en mi casa. Reconozco que la mayoría de las veces te das una ducha rápida y fuera, pero en contadas ocasiones y cuando tus quehaceres lo permiten, preparas el baño como si de un ritual decimonónico se tratara. No tengo jacuzzi ni chorritos varios que enturbien el agua, pero mi bañera se prolonga en una repisa grande a su cabecera, y en otra más estrecha y alargada en el lateral, justo enfrente de un ventanal oscilobatiente. Allí, junto a las macetas de plantas interiores que rodean la bañera coloco el libro que toque en ese momento, un par de velas, el cenicero y el tabaco. Ayer disfruté de un baño de espuma mientras echaba una ojeada a la novela "El tiempo entre costuras". La lectura me duró un par de cigarrillos y luego lo dejé para relajarme un rato. Me sumergí en el agua tibia unos segundos eternos y sequé la espuma d...

Una noche de Jazz

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Acabo de volver de un festival de jazz en una población cercana, y todavía me bailan las rodillas al ritmo de los gintonics. No puedo parar. La solista nos ha regalado una voz melodiosa, sugerente, suave y unas caderas bamboleantes de contorsionista profesional. Ha sumido al auditorio en una especie de trance del que despertábamos solo para aplaudir. Si tuviese poder, le daba las llaves del gobierno; si fuese atractivo, las de mi casa. La cuestión es que nos hemos reunido muchos amigos que correteábamos felices en otros tiempos por las calles de la adolescencia, y cuando nos miramos, ya no es necesario hacer guiños cómplices o caricaturas medidas para saber cómo fuimos y qué ha sido de nosotros. Todo se sobreentiende, porque compartimos vivencias irrepetibles. Cuando acabas de conocer a alguien, empieza una nueva historia en la que cuentas tu pasado convenientemente filtrado por el tamiz de la memoria; aquí es al revés: nada tienes que contar, porque viviste experiencias comunes hasta ...

Manos en la masa

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No queda nada bien el ordenador portátil en la mesa de la cocina. Supongo que cada cosa tiene su sitio, pero tengo un ratito para escribir mientras hago las judías con chorizo, aunque corro el riesgo de que las dos cosas, escribir y cocinar, salgan mal. Pretendo rebatir el dicho de que los hombres no sabemos hacer dos cosas a la vez, y solo las mujeres son capaces de ejecutar multitareas. Es broma. Sin ánimo de polemizar, pues admito a priori que puedo estar equivocado, todo el mundo sabe que dos cosas o más a la vez, bien hechas, están al alcance de todo el mundo, excepto de las mujeres. Bien, vale, lo retiro. El caso es que quiero hablar de esta cocina mientras pico los ajos y las cebollas, pimiento rojo y tomate, el choricito con algo de picante. Tengo de encimera baldosas de barro grandes, antideslizantes, color tierra oscura, igual que el solado de toda la habitación. Hierro, madera y cerámica. Chimenea de piedra abierta, por donde a veces se cuela algún pájaro cuando olvido c...

Ayer noche.

Pasa el tiempo. Llevo una semana sin escribir nada de nada. Debe ser el calor, las vacaciones, el ruido. Debe ser la caña, los encurtidos, el pinchito de tortilla. Verano. Cambalache de reuniones sociales. Arboles, montaña, río, pueblo con olor a flores marchitas donde siempre es invierno. Bodeguita de vino tinto, plantas entre las tejas rojas de las casas, manchas de humedad en las paredes y hierro oxidado en el corazón. Respiro. Ayer paseé en la madrugada por la carretera, como si el mundo descendiese por la negrura de la noche. En cuanto se dejaron de ver luces de las pocas farolas, se enciende la vida invisible. Miríadas de estrellas titilan y yo soy el rey de la Creación. Tumbado en la carretera y con el jersey como almohada, cuento las lágrimas de San Lorenzo. Una, dos. Esa cruza casi todo el cielo. Cien. Solo para mí. Todo el Universo.