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jueves, 21 de marzo de 2013

El avión.

Recuerdo una primavera de octubre llena de oportunidades, con billete de ida sin destino cierto y ese miedo a lo desconocido golpeando las sienes. Dire Straits en los auriculares. Una azafata con sari recorre los pasillos regalando rollitos húmedos con olor a limón mientras reconozco el cansancio que esconde tras su amable sonrisa. Vuelo, así que supongo que está acostumbrada a ese cuello de cisne; a mantener sus ojos oblicuos en el cielo de cada pasajero; a manejar su cuerpo estampado de flores en constante equilibrio a pesar del bache pronunciado en el fondo de mis vaqueros.

Cruzo las piernas con dificultad, también porque estoy embutido en el asiento. Subo el volumen cuando Mark empieza a rasgar con talento su guitarra eléctrica y cierro los ojos. Sueño. En un instante, me doy cuenta que estoy solo en el avión a diez mil metros de altura. Me pregunto dónde habrán ido todos los pasajeros e intento levantarme, pero estoy atrapado por el cinturón de seguridad. Al fondo, oigo arrastrar un carrito y alcanzo a ver a la azafata de espaldas, vestida tan sólo con las agujas que sujetan en lo alto su pelo, sirviendo bebidas a personajes invisibles. Cuando se agacha para coger un zumo de naranja, no tengo más remedio que desviar la mirada hacia la ventanilla, al asiento contiguo, al regulador de aire acondicionado. Por un momento imposible,  pienso que lo adecuado es coger la mantita de viaje, y ponérsela educadamente sobre los hombros. Imbécil. No sé si quiero que llegue a mi altura, pero me temo que en estos momentos nada depende de mi voluntad. Sigue acercándose. Por favor, que no me pregunte qué quiero beber: no podría soportarlo. Se vuelve hacia mí encantadora y yo intento concentrarme en su sonrisa, como si pudiera aparentar normalidad después de haber despejado cualquier duda sobre la esbelta radiografía de su cuerpo. No muevo un músculo, al menos de la cara.  Sonríe, y antes de que ella pueda decir algo, empiezo a contarle que nadie me espera allá donde voy y no me importa en absoluto. Soy yo quien va en busca de nada en especial, pero a por todo aquello que -sin albergar ninguna duda- me ha sido prometido. Ella sonríe de nuevo, solícita,  y señala con su largo dedo la rígida huella alojada en el centro de mi pantalón. Me doy cuenta que a alguna parte ha tenido que ir la sangre que ha abandonado mi rostro, y a la vez intento explicar que me perdone, que soy una persona racional y no me dejo llevar por las circunstancias, por duras que sean, y que necesito conocer a las mujeres, enamorarme, antes de atreverme siquiera a sugerirles una relación.

La azafata, sin cambiar un ápice la expresión amable de su cara, hace una breve inclinación y continúa sirviendo bebidas a los invisibles pasajeros. Nada indica que yo estoy destrozado, a punto de saltar al vacío por la salida de emergencia al reconocer de golpe que todas las excusas no sirven para esconder el miedo, la frustración, los complejos, la costumbre, la conciencia, el deseo: soy apenas una pequeña luz que quiere desaparecer en el fondo del asiento.

Agotado de sombras... despierto.


2 comentarios:

  1. Buen vuelo y buen sueño. Ver a una azafata de vuelo, se interpreta como un deseo de cuidado y protección de tipo maternal.
    Confianza en las mujeres que nos rodean mas que en los hombres.
    Deseos de que nuestro hogar esté organizado, que sea, realmente, un hogar de relax y descanso.

    saludos

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  2. Me temo que últimamente eso está cambiando. Ahora las azafatas se han travestido en auxiliares de vuelo. Con barba y bigote.:)

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