Entradas

Mostrando entradas de octubre, 2011

Roma

Ayer me lié la manta a la cabeza y estuve viendo vuelos baratos a cualquier capital europea. París salió la primera, pero tiene la desventaja que hay mucho francés. Londres la tengo muy vista. Berlín casi me convence, pero son más fríos que la puñeta, excepto la zona bávara. (No en vano fui tres años seguidos al Oktoberfest en Munich, a mangar jarras de litro de cerveza después de bebérnoslas, qué tiempos). Recuerdo que hace algunos años íbamos en autobús-litera y en el trans-raíl con los colegas, a dar una vuelta por Europa. Inolvidable los bocatas de sardinas y chorizo en pleno paseo de La Haya. Todo el mundo nos miraba como si fueramos "indignados" satisfechos, o mendigos sub-saharianos. En fin, que me voy a Roma cuatro días la próxima semana. La ciudad eterna. La cuna de la civilización occidental, con permiso de los griegos. El centro de la cristiandad, salvando las distancias con Jerusalén, y el camino de Santiago. Roma, la ciudad más sucia de Europa. Voy a alquilar u...

Soportales

Cuando paseo, intento que mi retina capte la fotografía de una vista, un paisaje, el árbol nudoso o atormentado, el mar en calma, una piedra de granito trabajada a mano con cincel y escoplo, la fachada de ese edificio románico, la cadencia del vuelo de un pájaro, los tejados de pizarra negra, y esa tubería de desagüe que no deja de gotear. La mayoría de las imágenes no permanecen. Las recoge mi cerebro y las oculta en un inmenso cajón, a buen recaudo; sin embargo, las menos grandilocuentes, aquellas a las que dí menos importancia, un buen día resucitan del olvido, porque debían estar impresas en ese lugar que algunos llamamos alma, y otros, corazón. Hoy, paseando por los soportales en el Casco Antiguo, me ha parecido verte doblando la esquina, a lo lejos. Y mi alma me ha devuelto la lluvia, el poyete de piedra, el paragüas y un sombrero que el viento de octubre nos arrancó; y, como el débil flash de una fotografía, de una sola vez vi tu mano en la mía, las sonrisas, el parquet de mad...

Miña Terra Galega

Me han invitado a comer hoy. No ha sido una invitación normal, de esas de cumplo y miento, en un restaurante más o menos bueno, regado con el último vino sabor trabajo. En esta tierra de meigas y trasgos las cosas no se hacen así. A la 1:30 nos hemos reunido en el cenador del anfitrión, y entre risas se han puesto a preparar unos calamares en su tinta que uno de ellos pescó ayer en la Ría. Todo hombres. Doce, como la última cena. Uno de los invitados, cocinero de un restaurante de renombre en la zona, ha puesto a cocer bacalao para un ejército, que había traído un armador recién llegado de Noruega -otro invitado- , después de cinco meses de no tocar puerto. Cosas veredes, amigo Sancho. El hombre, habituado a los silencios de capitán mientras negocia las frías olas, no ha dicho esta boca es mía hasta el primer Ribeiro. No le entendí nada, de cualquier manera, aunque me ha caído de fábula. Por un momento me he visto pescando en altura a sus órdenes, y una especie de respeto reverencial m...

No más te quieros

Tiene que suceder algo extraño para que yo esté escuchando Annie Lennox y sus No more I love you`s. Debe ser la puesta de sol sobre la ría de Pontevedra, o el velero de alas blancas que navega a través de esta tarde de octubre. Trabajo, siempre trabajo, y que no falte en estos tiempos de cólera. Gaviotas en el puerto, posadas sobre farolas, albardillas y bajeles; sesteando, imprimiendo al incipiente claroscuro unas pinceladas grises y blancas sobre el mar. Portonovo entre la bruma gallega, allá en el horizonte, y sin embargo casi puedo tocar la arena de su playa con la palma de la mano. No más te quieros. Angustias y silencios. Monstruos en las profundidades de esta tarde absorta en su belleza, tranquila, sin nubes de plomo, pero con un extraño peso a la altura misma del corazón.

La sonrisa

Blogger ha cambiado. Tiene nueva interface y un montón de nuevas características que habría que estudiar. Me recuerda a una tía mía, ya entrada en años, que quiso rejuvenecer a golpe de bisturí, y acabó con una sonrisa perenne e hinchada. No pudo volver a enfadarse en serio, porque el rictus cabreado se transformaba sin querer en tira cómica. Nunca olvidaré aquella vez que fuimos de visita a su augusta casa, llena de cuadros impresionistas y porcelanas y candelabros y quince mil fotografías enmarcadas con retazos de su profunda soltería. Un piano de pared, un jarrón chino con flores secas, y un abrecartas de plata encima de la cómoda de nogal. Viajes en telas, en foulares de seda de todos los colores y en los tipos de té que ofreció a mamá. Sonrisas y besos. Y de fondo, envolviendo la estancia en una extraña luz, se deslizaba la música de Il Pagliacci. Pensé en lo triste que debe ser un amor no correspondido, e imaginé las cartas que nunca llegarán. Y aquella mujer, atrapada para sie...