Estás sentada en la barra de un bar, removiendo el café con leche con parsimonia, mirando sin ver, como si el remolino que arrastra la cucharilla fuese el desagüe de tu vida. Te imaginas en el borde del vaso, dando un paso al frente para zambullirte en el abismo. Giras y giras. Desapareces. Después de un pequeño desvanecimiento, casi una ilusión, emerges como el cadáver de un ahogado, y te preguntas si despertarás alguna vez de esos sueños líquidos. Bebes a sorbitos, paladeando el amargo sabor de la derrota, y tu rostro se transforma en un jeroglífico indescifrable. No tengas miedo; puede que las cosas que ahora te parecen insalvables, definitivas, dentro de un tiempo no sean más que el principio de algo mejor. Cojo una servilleta y escribo: Observo tus movimientos, y el gesto fruncido de la desesperación. -¿Qué te ocurrió?- Yo quisiera decirte que no estás sola. Yo quisiera nombrarte sin palabras las infinitas posibilidades que nos ofrece el amor. Apunto rápido, a voleo, mientras un b...