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Mostrando entradas de febrero, 2010

Huellas

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Sí, a veces quiero escapar; Volver a recorrer despacio los senderos de mi vida, ajeno a las miradas del pasado. Y ver a Dios en los primeros rayos de sol cuando se filtra entre las hayas, en un tamiz perfecto, por un segundo que dura ya muchos años. Ahora hay profundas huellas en el camino, en una senda que otros han pisado; el bosque que yo creí que existía solo para mí, ha cambiado. Dios lo ha moldeado.

Resplandeces

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Mi querida luciérnaga: Te escribo esta carta porque no sé cómo darte las gracias. Tú me conoces. Me has visto aparecer como un intruso y colonizar sin miramientos este jardín. Llegué a la casa con el alma en los huesos, acarreando un sinfín de cajas de cartón con etiquetas identificativas. Aquí los cuadros. Allí los libros. Un edredón demasiado grande y unas sábanas, el sillón y la lámpara, las teclas desniveladas de la vieja máquina de escribir; mi guitarra española; los portafotos vacíos que le regalé. Se me cayó la casa encima, ya sabes. Aquellas cosas que desembalé sin ganas apenas las reconocí; no supe si alguna vez fueron mías, o quizá de alguna otra persona que, dentro de mí, en un tiempo lejano utilizó. Pasé cien noches junto a la chimenea, y todo era humo, y polvo y niebla espesa. A mi lado, los folios en blanco que un día soñé apretados de vida, de recuerdos e historias para compartir. ¿Compartir? Sé que en ese salón morí muchas veces, y otras tantas me levanté como brasa se...

Reo de muerte

Te aseguro que depende de ti. Me atribuyes potestad para ejecutar acciones, pero eres tú quien domina los hilos. ¡Date prisa! Prometo rebelarme cuando me descubras. Intimaremos en la pelea y acabaremos mezclando nuestra sangre coagulada. Entonces sufriré y amaré por ti, y ellos me reconocerán cuando cruce delante de sus ventanas. Con suerte, me juzgarán con severidad en la plaza pública. De otra forma, tú y yo moriremos a puerta cerrada. ¿Ya me reconoces? Soy el personaje protagonista de tu próxima novela.

Servilleta de papel

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Estás sentada en la barra de un bar, removiendo el café con leche con parsimonia, mirando sin ver, como si el remolino que arrastra la cucharilla fuese el desagüe de tu vida. Te imaginas en el borde del vaso, dando un paso al frente para zambullirte en el abismo. Giras y giras. Desapareces. Después de un pequeño desvanecimiento, casi una ilusión, emerges como el cadáver de un ahogado, y te preguntas si despertarás alguna vez de esos sueños líquidos. Bebes a sorbitos, paladeando el amargo sabor de la derrota, y tu rostro se transforma en un jeroglífico indescifrable. No tengas miedo; puede que las cosas que ahora te parecen insalvables, definitivas, dentro de un tiempo no sean más que el principio de algo mejor. Cojo una servilleta y escribo: Observo tus movimientos, y el gesto fruncido de la desesperación. -¿Qué te ocurrió?- Yo quisiera decirte que no estás sola. Yo quisiera nombrarte sin palabras las infinitas posibilidades que nos ofrece el amor. Apunto rápido, a voleo, mientras un b...

Patología de un paisaje (VI de VI)

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Lucía Me llaman del busca. Parece urgente. Recorro los asépticos pasillos del hospital y cojo el ascensor al sótano. Me dirijo a mi pequeño santuario: el departamento de patología forense. El policía me dice que tienen un nuevo caso de asesinato y todo indica, por las pruebas preliminares, que el arma homicida es un hacha. Las víctimas son una pareja de jóvenes a los que han descubierto parcialmente mutilados en un contenedor de la basura. Sus manos estaban atadas por abrazaderas de plástico blancas y en los torsos de cada uno, a cuchillo, habían escrito con geométrica caligrafía “siempre” y “por parejas” respectivamente. En un descanso he llamado a Adam, y le he contado este nuevo hallazgo. Se ha mostrado interesado por los detalles del caso y me ha preguntado si los policías tienen alguna pista. –“Las policía nunca se entera de nada”- le he respondido. Me ha dicho que tenga cuidado y vuelva pronto a casa. Adam es un sol. Excepto cuando se pone pesado con el orden y me dice lo que deb...

Patología de un paisaje (V de VI)

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Adam Me quedé con su cara. Cuando entró en la ferretería a pedir por favor una cafetera de dos tazas, le dediqué la mejor de mis sonrisas mientras calculaba de reojo sus proporciones anatómicas. Sin embargo, no sé que vi en sus ojos: una extraña mezcla de soledad y tristeza, como si alguien o algo empozara su mirada. Merecía sin duda un buen epitafio. La seguí y averigüé que vivía a un par de manzanas de la tienda. Me hice el encontradizo y tomamos los dos un café cortado, con una sola cucharada pequeña de azúcar. Me dijo que le recordó a alguien, y luego se echó a llorar como una loca. ¡Dichosa empatía!. Me esforcé lo suficiente para, poco a poco, ganarme su confianza. Todavía no he decidido cómo matarla. Estuve a punto hace unos días, cuando ella visitó a su patética ex–pareja en mi cementerio. Desde la ventana observé como andaba hacia esa parcelita del fondo suroeste donde hace algún tiempo no encuadraba del todo la tumba de mármol. Bajé de tres en tres la escalera ...

Patología de un paisaje (IV de VI)

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Lucía Ya no puedo rezar, Luis; se me han agotado las lágrimas. Sé que debo venir más a menudo a contarte todo lo que ocurre, pero ya ves: he de seguir viviendo como sea, aun a costa de no visitarte en un largo espacio de tiempo. ¿Oyes como suenan las campanas? No; duermes, aunque en mis pensamientos todavía sigas despierto. Justo antes de tu trágica muerte, tuviste la sangre fría de hacerme prometer que te enterraría en el panteón familiar, al lado de tu madre, para que buscara una nueva pareja y nada ya me atase a ti... ¡Cómo te he querido, Luis! No sabes cómo me está costando olvidarte. Mira, hoy tengo que darte una buena noticia, pero antes déjame que cambie primero esas flores ajadas y ponga éstas; déjame que limpie el polvo de las lápidas con el pañuelo y me siente a tu cabecera. Escucha esto: ¡ya tengo la especialidad y el doctorado! Era la asignatura pendiente cuando nos casamos, ¿te acuerdas? Tenía tal urgencia de ti, que al principio no me importó nada aparca...

Patología de un paisaje (III de VI)

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Adam Ernest Descals (Pintura) Hago colección de epitafios. Mientras voy en autobús al trabajo, imagino una frase lo más críptica posible que defina de un golpe a las personas que me acompañan en el trayecto, como si en ese momento fuera a sorprenderles la muerte. Cuando alguien me llama la atención, bosquejo mentalmente las facciones del sujeto mientras le sonrío con amabilidad, y trazo un rápido boceto organizando su fisonomía como el pintor ante su caricatura. A partir de ahí, lo enfrento a las palabras. A veces me enfrasco de tal modo en conseguir un epitafio aceptable, que pasa de largo la parada, y tengo que volver andando parte del recorrido. No me importa, abro mi ferretería cuando quiero. Puedo permitirme el lujo de saborear mis pequeños pasatiempos sin que nada ni nadie me moleste. -“Dios quiera que lleves tanta gloria como descanso dejas”- Ese sería el epitafio ideal para el hombre gordo que lee el periódico a mi derecha. Podría aplicarse a la mayoría de gente que sube ...

Patología de un paisaje (II de VI)

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Lucía En esta pequeña ciudad de provincias todavía sobreviven tradiciones que se pierden en la memoria. Una de ellas es el tañido de las campanas de la iglesia, próxima a mi casa, cuando llaman a misa o doblan a duelo. Ya me he acostumbrado. Dicen que las campanas son el sonajero de los muertos. Para mí tiene otro significado mucho menos siniestro: misa de diez corresponde exactamente a la hora en que disfruto del segundo café de la mañana. Me quedan al menos cuatro intensas horas de trabajo para ordenar y pulir mi tesis doctoral. Un último esfuerzo para completar, ¡al fin!, mi formación como médico. Me trae de cabeza toda la documentación, manuscritos, apuntes, notas al margen que ahora reinan desperdigados en el escritorio: estoy convencida que la teoría del caos se formuló especialmente para mí. ¡Hierve el café! Voy corriendo a separarlo del fuego, mientras pienso que a Luis mi despiste le hubiese parecido del todo imperdonable. El esperaba pacientemente y apar...

Patología de un paisaje. (I de VI)

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Adam Me gusta la simetría. Hay cierta oscuridad en esa marea de trazos que pugnan por ordenarse hasta conseguir el equilibrio. Paseo con las manos cruzadas en la espalda, atento a las grises baldosas de cemento, los bordes lineales de las aceras y la arquitectura decadente de los edificios. Mi mente levanta sin cesar puntos de fuga y busca la mejor perspectiva a cada momento. Mido distancias; no descanso hasta que llego a mi estudio. En calculado orden, coloco la compra en la nevera como si fueran las piezas de un delicado puzzle. Envases de plástico opacos, colores neutros, sin aristas: siempre por parejas. Decidí mudarme a este lugar por sus vistas al cementerio. La chusma que lo visita no logra comprender el verdadero significado de los volúmenes que definen cada calle, cada esquina; ellos se sienten como Dédalo en el laberinto, y buscan rápido la salida y agachan la cabeza y se giran acongojados por si acaso, de repente, cruza ante ellos el miedo. Son incapaces de fijarse en cómo f...

Pensamientos de una noche de febrero

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¡Es difícil vivir a ras de tierra cuando miras al cielo! O quizá no. Hay quien se abandona para confiar de pleno en la línea del horizonte, buscando siempre más allá. El camino no siempre es fácil, y las rugosidades producen callos en el alma, pero tienes otra perspectiva de vida. Siempre está el que dice que eso de ahí no son novelas ejemplares, sino cuentos intrascendentes. Que es más importante planificar, controlar, organizar y plegarse a la circunstancia hasta que los vientos sean más favorables. Hay que ser prácticos. No queda tiempo para ser contemplativos, ni soñar con otros mundos, y la aventura de vivir se reduce a la experiencia emocionante -basada en la contraprestación económica- de las revistas de ocio. A veces te preguntas si el alma no es una coartada perfecta, aquella que cataliza los problemas para silenciarlos y envolverlos en mansedumbre. Una especie de Lexatín natural que nos prescribimos nosotros mismos para aguantar la presión de la vida diaria. Un placebo para c...

Se fue la tarde

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Ya ves; se fue la tarde. A pellizcos de luz, solo me quedé, queriendo compañía; Me vi mirándote. Y fue con inquietud cuando me pregunté por esta soledad mía. No sabría decirte.. Comprendí que tú supiste entender lo que me ocurría. No quise amarte. Frágil contraluz: yo no te amé, con lo que te quería. Ya ves; se fue la tarde. Se apaga mi juventud; llegará la noche y vagaré junto a la melancolía.

Amor en tiempos de cólera

Quería que me dejases en paz. Entraste sin llamar; eras como un intruso del que no conseguía desembarazarme. Quise gritar al enterarme de tu presencia. Pudiste escuchar uno a uno mis reproches. Todos me daban la razón y yo no podía ocultar mi ira hacia ti. No sé cómo pude hablar contigo esa noche, a solas, hasta que el amanecer tiñó de oro la madrugada; no sé qué aventuras me susurraste; no sé qué promesas imposibles de cumplirse. Y, sin embargo, llamaste a la puerta de mi corazón y te puse nombre. Sí, hijo mío, tú me enseñaste a amar en tiempos de cólera.

Nostalgia

No te vayas, nostalgia, sal a mi encuentro; no te escondas, no te alejes de mí, quiero soñarte en tu soledad acostumbrada, quiero oírte acompasada en las notas de un violín. ---------------------------------------------- Cuando la nostalgia se engancha al borde del corazón, los desiertos son mares de arena.

Te pido perdón

Valorar lo invaluable. Franquear lo infranqueable. Arrojar al mar la piel que me perfuma; a merced del olvido mi abrigo de terciopelo azul. Barrer la arena, llenarme de espuma, contar mariposas de cristal a media luz. Apoyar mis brazos en el alféizar de la luna y dejar un ratito de ser yo, para ser tú.

Rezar

Mira, mira, mírate dentro; escucha cómo tus latidos acompasan la lucha interior; silencia el rugido de tus trocitos de Hombre; ponte rejas, sujeta con fuerza la imaginación. Ahora que sientes cómo fluye por tus venas la vida, ahora que abres de golpe los secretos del corazón, y el amor convierte tus palabras en poesía, es tiempo de que te pongas al habla con Dios.

Algún día te llevaré a Nueva York

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-"Algún día te llevaré a Nueva York"-, me dijiste. Aquellos días al único sitio donde quería que me llevaras era al centro mismo de tu cama. Aprendí de memoria tu paisaje desnudo y el contorno firme de tu cuerpo, y bebí de él hasta saciarme. Mientras dormías, yo recorría tus cauces con la yema de mis dedos, impaciente, febril hasta hacerte notar mi excitación; tú te desperezabas ronrroneando, y me preguntabas ufano -"¿Todavía quieres más?"- No podía imaginar nada mejor que vivir contigo. Cuando me enseñaste el estudio donde vivías, en que apenas cabían apretujados tus libros, y ese sofá raído, y esa ventana con vistas al cambiante equilibrio del mar, me pareció la isla desierta donde yo quise siempre naufragar. Allí me juraste que ibas a quererme siempre. Ahora yo te juro que me lo vas a pagar. Todo está convenientemente preparado. He repasado mil veces el plan y creo que no me dejo ningún detalle a la ligera. Tengo la maleta preparada en el fondo del armario, el pa...

Cómo jugar a ser brizna de hierba

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Veo ángeles pequeñitos en estas noches de verano… Querubines alados que miran de frente, sonriendo, mientras juegan a ser brizna de hierba, o granito de arena, qué más da…. Yo les sueño.. Tumbados sobre los algodones de las nubes. Sus caritas relucientes y encendidas, llamándome en un susurro por mi nombre. Yo les miro.. ¡Son tan bonitas sus alas azules! Revolotean entre risas, abriendo los brazos; invitándome a participar en sus alegres juegos. Cómo les quiero.. Angelitos de mis noches de verano ¡Cuánto me gustaría que me enseñárais a sentirme brizna de hierba o granito de arena, allá en el cielo! Lo primero que hay que hacer, (me lo han soplado unos angelitos) es tumbarse en el suelo muy relajado, boca arriba. Los brazos extendidos y las piernas separadas. Luego hay que cerrar los ojos despacito, despacito, y concentrarse. Tienes que creer firmemente que vas a convertirte en brizna de hierba por un rato. ¿Prefieres granito de arena? Vas sintiéndote cada vez más ligero, más frágil, co...

Un beso en el aire

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Al ver que cruza sin prisa la tarde, empieza el recuento de los minutos vacíos, que gasté amasando perezas y amarguras, que maté condenándome a vagar en el olvido. Y miré atrás, allá en el fondo del valle; desde lo alto, miríadas de pueblos antiguos; sendas ocultas entreveradas de hermosuras, al margen de mi vida; ya fuera de mi camino. Desde mi montaña cubierta ya de nieve oteo el horizonte de mis pasos perdidos. Dejo el atardecer con nubes de levadura, y un beso para ti en el aire, amor mío.

Ella y él

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Leía la prensa en un agradable café. Una chica joven hablaba con su novio en la mesa de al lado. Discutían sobre si era conveniente seguir con el incipiente embarazo. El decía que era una locura. Ella quería continuar adelante. El argumentaba una retahíla interminable de inconvenientes. Ella le miraba angustiada porque todavía no había tomado una determinación. El hablaba del amor de los dos y lo bien que estaban juntos. Ella callaba teniéndoles muy presentes a los dos. El la cogía de la mano mientras apuraba el capuccino, con cierto aire indiferente. Ella, levantando la vista, miró a través de él. Y un brillo especial en sus ojos me hizo comprender lo felices que iban a ser los dos, madre e hijo, cuando todo aquello terminase.

Tesoros menudos

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- Ya me diréis, enanos, para qué hacéis un agujero en la arena. - Vamos a esconder uno de nuestros soldados de juguete. - Pero si nos vamos en cinco minutos.. - No importa. - No esperéis encontrarlo después en la inmensidad de esta playa.. - Ya, pero a lo mejor luego lo encuentra alguien, y dirá.. ¡¡Menudo tesoro!!

Amores de siempre

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- Nena, estoy en la cumbre. - Nene, yo estoy contigo. - Hemos pasado muchas cosas juntos hasta llegar aquí, ¿no crees? - Sí, y las aventuras y el tiempo han desgastado nuestros cuerpos, pero todavía andamos juntos en la misma dirección. - ¿Recuerdas cuando éramos jóvenes e inexpertos? - Recuerdo cuando no éramos más que tú y yo. - Nada ha cambiado para nosotros. - Todo ha cambiado alrededor. - Tienes razón.. este mundo ya no es el que conocíamos. - Somos ancianos; es natural. - No dejes de acompañarme en este camino. - Ya pronto vamos a llegar. - Cuando lleguemos, nena, quiero que sigas conmigo. - Cuando lleguemos, nene, no te voy a dejar.

Breve cuento de un regalo

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El sanitario de guardia se lo había advertido: es posible, señora, que haya complicaciones en el parto. Ella sonrió al doctor y se preparó encomendándose para lo que pudiera pasar. Sintió que la vida se le escapaba a borbotones por la herida. La sangre resbaló profusamente por el borde de la camilla de acero inoxidable, deslizándose entre las baldosas del paritorio. No era posible contener la hemorragia.. Acariciando la cabecita de su hijo recién nacido, notaba el cálido abotargamiento que precede a la inconsciencia. Se fue susurrando palabras de amor, mientras esperaba dulcemente el acontecer inevitable de la muerte. Aquí estoy, ensimismado, analizando la frágil consistencia de mis recuerdos. Veo un niño criado por muchas manos abiertas, por muchas voces extrañamente familiares. Veo expresiones de ternura y tristeza en rostros difusos que me observan, admirándose de cómo me parezco a ella.. Veo a un hombre erguido, serio, esculpido en el claroscuro de la habitación, soportando estoica...

Sueño de un cisne

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Algún día volveré a escuchar de nuevo esta antigua música, y me sorprenderá la luz de la tarde, abriendo las páginas de la vida como sólo tú supiste enseñarme. Algún día te hablaré de frente como cuando era niña, y bailaré en tu regazo lo que tú quieras que baile. Seré, si tú quieres, cisne de aguas tranquilas; seré, si tú quieres, las cuatro esquinas del aire; seré la niña que iba de la mano contigo, y me dejaba llevar a cualquier parte. Volveré a besarte en las mejillas, jugarás conmigo a acunarme; pongo al cielo por testigo que aprendí del amor, por amarte. Escuchando esta antigua música me habrá sorprendido la tarde, siendo yo de nuevo tu niña, siendo tú de nuevo mi padre.

Castillos del aire.

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Aquellos que moran en castillos del aire, permanecen esclavos de la vida invisible. Desaparecen en la bruma de la noche, solitarios, y de vez en cuando atraviesan la frontera del sueño emergiendo como el cadáver de un ahogado, asombrados de haber despertado a un mundo que es de otros.

Las sirenas sí existen

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Charlaba con mi hija Pilar, de seis años. -Papá.. ¿Existen las sirenas? -Pues... si te digo la verdad, hija, no, no existen. (Silencio pensativo) -Pero papá, tú no las has visto. Viven en el fondo del mar y no se dejan ver por nadie. -Cariño, lo cierto es que ningún hombre las ha visto. - Ya, pero es que las sirenas no son hombres y no se dejan ver. Sólo hay uno que puede haberlas visto: Jesusito. ¿No creó Jesús todo? Pues seguro que Él las creó como a nosotros o como a los angelitos. - Mira, las sirenas como Ariel son fruto de un cuento, alguien que imaginó una historia donde existían otras personas con cola de pez en vez de piernas. - A lo mejor ese señor no se las imaginó, sino que pudo verlas un día. Tú no lo puedes saber. - No lo puedo saber, pero te garantizo que casi todas las pelis que has visto como Blancanieves o La Sirenita son cuentos imaginados por hombres. - Pero como tú no puedes saberlo y Jesusito lo creó todo, yo prefiero pensar que las sirenas sí existen.

Instrucciones para románticos empedernidos

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Modo automático del olvido: desconexión. Acércate a la mesa, recopila papel y pluma, esmérate en la caligrafía, contén la respiración. Escríbelo, por fin escríbelo. Coge un sobre y apunta su dirección. Ve corriendo a la Oficina de Correos, (no dejes que pueda contigo la emoción) estampa un beso, y envíalo. Ahora sonríe; y no esperes contestación.

Perdona el retraso

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Perdona el retraso. Hoy estás apoyado en un banco del parque, encorvado en tu bastón, mirando fijamente a ninguna parte. Pareces ensimismado en algún recuerdo y tu semblante se ha puesto triste. Debes tener bargueños enteros de vivencias, llenos de cajoncitos estancos que de vez en cuando abres para ti. El que has abierto hoy huele a hojas secas de otoño, a bufanda deshilachada, a pañuelo de seda azul. Y a un ramito de nomeolvides en el ojal de la tarde.