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viernes, 3 de septiembre de 2010

Un banco del parque


Míralo, siempre a la misma hora. Por allí llega a paso ligero por la avenida principal del parque, con la mirada perdida en ninguna parte y el corazón en vilo. Se sienta en un banco, pero no acierta a leer el libro que lleva; lo deja a un lado y pone sus manos en las rodillas, sujetándose las ganas de salir corriendo. ¿Te has fijado? Ahora se levanta, y recorre un trecho con las manos a la espalda y los dedos entrelazados; se da la vuelta y por la expresión de su cara parece preguntarse por qué hoy el césped es gris. En el ojal de su chaqueta, planchada a medias, lleva prendido un ramillete de deseos y la firme voluntad de no dejar pasar otra oportunidad. De repente, calle abajo corretea un perro canela y él se descompone. Cambia tres veces de postura antes de agarrar con fuerza el libro, y le cuesta unos segundos darse cuenta de que lo ha cogido al revés. No se atreve a mirar, pero adivina su silueta acercándose. Ya está ahí.

Ella pasa por delante y le mira con una sonrisa, pero él, lívido como el papel de fumar, parece absorto en el libro: se ha convertido por ensalmo en estatua de sal. Sí, como todos los días, ella llama a su perro y juega un rato con la pelotita, se la tira, la recoge, acaricia la cabeza del animal con alegría, mientras él queda allí, inmóvil, apuntalado en el banco del parque en una postura inverosímil.

Puedes ver cómo ella se aleja y desaparece calle abajo. En unos minutos, él se levantará y arrastrará su soledad en dirección opuesta, y no te extrañes demasiado si ahora notas que se mueve como una marioneta descordada. Mañana será otro: volverá al mismo banco del parque, expectante y armado de valor para repetir de otro modo la escena, esperando que ella haga un movimiento, o le pregunte cualquier cosa que le permita romper a golpes su timidez y llegar por fin a conocerla.



4 comentarios:

  1. Hola Miguel... pues qué decirte? Que te he leído con un nudo en la garganta, con la piel erizada y he cogido al vuelo para mí sola, toda la ternura que desprende este pequeño relato...

    Ah, el miedo, la inseguridad, el pavor ante el fracaso o el rechazo. La timidez que se ha de romper, como tú dices, a golpes...

    Gracias por hacerme sentir tantas cosas en esta noche de luna menguante, por llevarme de la mano a ese parque y hasta sentir en mi hombro el aliento de ese hombre que no se atreve a dar el primer paso y se esconde detrás de un libro que es puro atrezzo.

    Un beso muy grande de buenas noches :)

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  2. Muy hermoso relato, plagado de ternura y con mucha capacidad de transmitir. Me ha gustado.
    Un abrazo y feliz domingo.

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  3. Elena, me alegro mucho que te haya gustado. Creo que ser tímido puede hacer que pierdas algunas buenas paradas en el tren de tu vida, aunque nunca se sabe...

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  4. Feliz luz de domingo, Maribel, por mucho que hoy sea martes.

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