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lunes, 26 de julio de 2010

Reserva del 92



Yo tenía un tío pintor, bastante excéntrico y a la vez adorable, que no podía hacer su trabajo cuando sentía la presencia de algún retrato en las proximidades. Los retratos, especialmente de señoras de alcurnia y rancio abolengo, le miraban mal. Decía que ellas, subrepticiamente, torcían el gesto cuando él pasaba a su lado, y eso le producía serios escalofríos y un principio de artrosis en la mano derecha de difícil solución. Gracias a Dios, era zurdo. Y sin embargo, desarrolló su profesión largo tiempo con una fortaleza de espíritu encomiable. Llegó a ser un gran pintor de paisajes, eso sí, con cierta fobia a los retratos.

Esta misma tarde, sentado en el sillón de la casa antigua, de sobremesa y casi siesta, con un reserva de Rioja en la mano, me he dado cuenta que el bodegón de encima de la chimenea me mira mal. Lo juro. Sé que suena extraño, porque la composición del cuadro no contiene elementos peligrosos o desestabilizadores: una cesta llena de viandas con un ramo de uvas, algunas flores y dos platos con limones, manzanas y una esquinera taza de café. Pues el conjunto, aunque solo yo lo crea, ha tornado en espectáculo inquietante. La disposición de las uvas asemejaba una cara vieja, granulosa y voraz; los limones y manzanas, gorda y esclava plebe, eran el alimento del monstruo; y la taza de café, el oscuro condimento para devorarlos. He sentido por un momento cómo la copa de Rioja temblaba en mi mano, y me he visto empujado a beber su contenido de un sorbo, despreciando la furibunda mirada de desaprobación y disgusto del monstruo, que me ha guiñado una uva como si estuviera apurando al más selecto de sus hijos.

Asombrado, me he levantado un poco indispuesto, tambaleándome en dirección a las escaleras. A mitad de camino, con toda la dignidad posible y no sin cierto valor, he vuelto frente al bodegón y le he advertido seriamente, que como vuelva a ponerme esa cara, va a servir de sarmientos para el fuego de la chimenea. No en vano, mi padre siempre nos advirtió que había que enfrentarse a los propios miedos.

Mañana os cuento si se ha achantado el maldito bodegón.

7 comentarios:

  1. Miguel..

    Un disfrute de lectura y qué gran sentido del humor destila.

    Un saludo !

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  2. ¿No será que se bebió el Rioja primero y ya no veía lo que tenía que ver?, jeje... Muy divertido, pero a la vez muy cierto (ahora que no nos oye nadie, los cuadros son cambiantes).
    Bona nit.

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  3. Jajaja Miguel. Pues yo tenía un cuadro en mi despacho que tuve que quitar porque me daba miedo, te lo digo completamente en serio.

    Y sin Rioja ni ná, así a pelo, me daba un yuyu que no veas.
    Creo que ahora anda perdido por el baño que usamos solo mis compis y yo, fijaté que ya lo había olvidado.

    Pero no se yo, no has hecho bien en escribir esta entrada. A ver quien es la guapa que entra mañana a hacer un pis sabiendo que la dichosa litografía o como se llame, anda escondida detrás del bidet. Jo :)

    Besazos, gracias por esta entrada tan divertida. A estas horas se agradece que alguien te pinte en la cara una sonrisa...

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  4. Chus-A, gracias por pasar, echaba de menos ese pacto del diablo que tienes con tus letras. Y tu crítica.

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  5. Maribel, estoy seguro que el Rioja tuvo mucho que ver en toda esta historia. Al día siguiente, el bodegón se me antojó inamovible, y bastante feo.

    Por cierto, he presentado ayer un micro en lo de los abogados, (mi primer concurso), sin demasiada esperanza de sacar algo en limpio. Lo publicaré aquí otro día que no tenga nada que decir.

    Un saludo y gracias.

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  6. Elena, haz el favor de revisar una nueva localización para ese cuadro. No me parece buena idea colgarlo al lado del bidé. Lo mismo un día os da un disgusto.

    Un saludo y gracias por tu comentario.

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  7. Pues no me extrañaría nada, pero nada de nada, que te lo seleccionaran. ¡Suerte!

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