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lunes, 22 de febrero de 2010

Patología de un paisaje (IV de VI)


Lucía

Ya no puedo rezar, Luis; se me han agotado las lágrimas. Sé que debo venir más a menudo a contarte todo lo que ocurre, pero ya ves: he de seguir viviendo como sea, aun a costa de no visitarte en un largo espacio de tiempo. ¿Oyes como suenan las campanas? No; duermes, aunque en mis pensamientos todavía sigas despierto. Justo antes de tu trágica muerte, tuviste la sangre fría de hacerme prometer que te enterraría en el panteón familiar, al lado de tu madre, para que buscara una nueva pareja y nada ya me atase a ti... ¡Cómo te he querido, Luis! No sabes cómo me está costando olvidarte.

Mira, hoy tengo que darte una buena noticia, pero antes déjame que cambie primero esas flores ajadas y ponga éstas; déjame que limpie el polvo de las lápidas con el pañuelo y me siente a tu cabecera. Escucha esto: ¡ya tengo la especialidad y el doctorado! Era la asignatura pendiente cuando nos casamos, ¿te acuerdas? Tenía tal urgencia de ti, que al principio no me importó nada aparcar mis estudios, pero tú siempre insistías en que nada valía la pena si estábamos juntos. Aquí está, lo he conseguido: nos lo debíamos.

Luis, vengo también a decirte adiós. Voy a rehacer mi vida. Necesito volver a sentirme una mujer entera, útil, amada y amante, ¡viva!, y que la sangre vuelva a correr por mis venas: debo apartar el luto de mi corazón. Sí, es cierto, tengo que confesarte algo: he conocido a un hombre. Aún no hemos intimado, pero es simpático y amable. Respeta mi dolor y ha escuchado mis historias el tiempo que me he encontrado sola. Me acepta como soy, sin condiciones; ¿sabes, cariño? Le gusta mucho el orden como a ti. Su nombre es Adam.

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