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domingo, 21 de febrero de 2010

Patología de un paisaje (III de VI)


Adam
Ernest Descals (Pintura)

Hago colección de epitafios. Mientras voy en autobús al trabajo, imagino una frase lo más críptica posible que defina de un golpe a las personas que me acompañan en el trayecto, como si en ese momento fuera a sorprenderles la muerte. Cuando alguien me llama la atención, bosquejo mentalmente las facciones del sujeto mientras le sonrío con amabilidad, y trazo un rápido boceto organizando su fisonomía como el pintor ante su caricatura. A partir de ahí, lo enfrento a las palabras. A veces me enfrasco de tal modo en conseguir un epitafio aceptable, que pasa de largo la parada, y tengo que volver andando parte del recorrido. No me importa, abro mi ferretería cuando quiero. Puedo permitirme el lujo de saborear mis pequeños pasatiempos sin que nada ni nadie me moleste.

-“Dios quiera que lleves tanta gloria como descanso dejas”- Ese sería el epitafio ideal para el hombre gordo que lee el periódico a mi derecha. Podría aplicarse a la mayoría de gente que sube y baja del autobús. Son personas anónimas absortas en las nimiedades que atraviesan sus vidas, y ocultan sus pensamientos tras una esfinge de indiferencia. Yo me ocupo de desenmascararlos; lo tomo como algo personal. Me gusta creer que, de paso, les ofrezco gratis el consuelo de que al menos alguien se preocupó de ellos cuando llegue la hora de su entierro.

Es mi parada. Hoy no estoy inspirado, así que aprieto el paso contando las baldosas que me separan de la tienda. Ayer ese bordillo no estaba roto. Abro la persiana con desgana y quito el cerrojo de la puerta mientras suenan a lo lejos, amortiguadas por el trasiego de la ciudad, las malditas campanas. Son las diez en punto. Tengo pendiente ordenar un pedido nuevo de herramientas antes de atender al público. Me gusta ser eficaz en mi trabajo. Enciendo las luces: el almacén presenta un estado impecable, como siempre, y los pasillos de estanterías llenos de contenedores metálicos flanquean mi presencia en silencio. Conozco de memoria la ubicación de cada tornillo, cada referencia por mínima que sea, y me desenvuelvo ágil entre las cajas repartiendo el pedido. Todo en su sitio. Doy la vuelta al letrero de apertura y miro con atención si las herramientas más vistosas, -el hacha, la cortadora de césped y la sierra eléctrica- brillan al encender los halógenos del escaparate. No tardará en entrar el primer cliente.

6 comentarios:

  1. Magnífico, me gusta mucho tu estilo. ¿Se encontrarán Adam y sus obsesiones con Lucía y sus recuerdos? No sé adónde desembocará esto, quedan dos partes y quizá me precipite y ande un poco perdida. De momento te puedo decir que me gusta mucho lo que estoy leyendo. Saludos.

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  2. Maribel, gracias mil por pasarte y comentar. Quedan tres rapiditas..

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  3. Hola, te agradeceria mucho pudieras poner el nombre del autor de las pinturas-Mi nombre es ERNEST DESCALS-PINTOR.Mucahs gracias.

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  4. Pues claro que sí, Ernest. Quizá debiera haberlo hecho en el momento, pero salió en imágenes de Google, y no investigué de dónde.

    Un saludo y perdona.

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  5. Muy agradecido Miguel, por supuesto puedes tomar mis imágenes y pinturas cuando creas oportuno,Saludos, Ernest descals.

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