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miércoles, 10 de febrero de 2010

Cómo jugar a ser brizna de hierba


Veo ángeles pequeñitos en estas noches de verano…

Querubines alados que miran de frente, sonriendo,
mientras juegan a ser brizna de hierba,
o granito de arena, qué más da….

Yo les sueño..
Tumbados sobre los algodones de las nubes.
Sus caritas relucientes y encendidas,
llamándome en un susurro por mi nombre.

Yo les miro..
¡Son tan bonitas sus alas azules!
Revolotean entre risas, abriendo los brazos;
invitándome a participar en sus alegres juegos.

Cómo les quiero..
Angelitos de mis noches de verano
¡Cuánto me gustaría que me enseñárais a sentirme
brizna de hierba o granito de arena, allá en el cielo!

Lo primero que hay que hacer, (me lo han soplado unos angelitos) es tumbarse en el suelo muy relajado, boca arriba. Los brazos extendidos y las piernas separadas. Luego hay que cerrar los ojos despacito, despacito, y concentrarse. Tienes que creer firmemente que vas a convertirte en brizna de hierba por un rato. ¿Prefieres granito de arena? Vas sintiéndote cada vez más ligero, más frágil, como si de repente tu cuerpo empequeñeciese.

Sí, eso es. Ahora notas una sensación casi de ingravidez. Lo estás consiguiendo. Eres tan minúsculo que apenas eres ya visible a los ojos de los demás. Un puntito encima de la alfombra. Una mota de polvo en el suelo. Como si de una regresión se tratase, vas limitando también tus pensamientos, concentrándote en el puro y sosegado placer de aquel que abre por primera vez sus ojos y se asombra.. No hay responsabilidades ni problemas. No hay culpa, ni daño, ni falta. No hay vestigios del pasado, ni recuerdos que empañen lo que empiezas a sentir. Lo esencial es tu nueva naturaleza, que se presenta plena de sensaciones nuevas y huérfana de problemas mundanos.

Mirando desde aquí abajo –si pudiésemos ver- nos abruma la complejidad y confusión de lo que hemos dejado arriba. ¡Quedan allí tantos sinsabores y penas! ¡Tanto tiempo regalado al ocio, al trabajo y a la distracción! Todo queda allí arriba y a ti ya no te importa nada.

Es curioso cómo se aprecian las cosas desde aquí. En primer lugar, el movimiento.: estamos a merced de los elementos. No somos autónomos a la hora de trasladarnos a cualquier sitio y dependemos de la voluntad caprichosa de algo ajeno. Por otra parte, hay una cierta sensación de indefensión ante cualquier adversidad. Parecemos tan ínfimos que cualquier cosa puede alterar o destruir lo poquito que somos. ¿Te he dicho que cierres los ojos? Sí, tampoco ves, pero no te hace ninguna falta. Te estás transformando en una brizna de hierba y de lo único que has de preocuparte es de sentir el viento, y crecer sano y fuerte.

Ahora es cuando el entorno te habla. Los sonidos despiertan sentidos que permanecen ocultos en otras condiciones. El oído se agudiza, el olfato sugiere matices inexplorados, la vista mira a través de las cosas. Aprendes en un instante a mimetizarte y a jugar en el cálido sitio donde te encuentras, a gozar del sincretismo de las pequeñas cosas que puedes abarcar y el susurro gorjeante del agua.

Eres una brizna de hierba.

Y ahora te das cuenta de que las cosas pequeñas y sencillas, son las que verdaderamente importan. Y del valor extraordinario que poseen. Nada como jugar a ser brizna de hierba – o granito de arena, qué más da- para valorar aquel momento en que fuiste algo semejante:

Un pequeño embrión que jugaba, asombrado en su reducido entorno, a hacerse mayor.

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