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viernes, 5 de febrero de 2010

Breve cuento de un regalo


El sanitario de guardia se lo había advertido: es posible, señora, que haya complicaciones en el parto. Ella sonrió al doctor y se preparó encomendándose para lo que pudiera pasar. Sintió que la vida se le escapaba a borbotones por la herida. La sangre resbaló profusamente por el borde de la camilla de acero inoxidable, deslizándose entre las baldosas del paritorio. No era posible contener la hemorragia.. Acariciando la cabecita de su hijo recién nacido, notaba el cálido abotargamiento que precede a la inconsciencia. Se fue susurrando palabras de amor, mientras esperaba dulcemente el acontecer inevitable de la muerte.

Aquí estoy, ensimismado, analizando la frágil consistencia de mis recuerdos. Veo un niño criado por muchas manos abiertas, por muchas voces extrañamente familiares. Veo expresiones de ternura y tristeza en rostros difusos que me observan, admirándose de cómo me parezco a ella.. Veo a un hombre erguido, serio, esculpido en el claroscuro de la habitación, soportando estoicamente el peso invisible del dolor. Y me veo –el llanto reflejado en el espejo-, al darme cuenta por fin del sacrificio: su vida por la mía.

La infancia recluida en el oasis de la inocencia, dejó paso a la creciente curiosidad de las preguntas urgentes, sin posibilidad de respuesta, y a la rebeldía indomable que persigue el valor sagrado de la libertad. Fueron tiempos difíciles en los que la personalidad se forjó a golpes de ausencia. El regalo de la vida se convertía en responsabilidad no pretendida ni deseada y una absurda culpa se empozaba en el fondo del alma.

¿Por qué me hiciste cargar con la responsabilidad de tu sacrificio, mamá?

Soñé muchas veces que me presentaba, anciano ya, delante de tu tumba, acompañado por un enorme baúl de logros conquistados para ti. Creía que nada era suficiente para compensar el amor de tu entrega. Todo giraba alrededor de interrogantes que se convirtieron en pilares de mi corta existencia: ¿y si tú estuvieses viva? ¿Qué tengo que hacer para merecerte y pagar la deuda contraída? Tengo miedo a ser un fracaso y defraudarte... ¡qué breve y ligera parece una lágrima mía comparándola con una gota de sangre derramada por ti!

Pero con el tiempo me di cuenta que mi corazón sólo podía ofrecerte un simple ramillete de claveles blancos. Tus favoritas. Gracias a esas flores, la melancólica puerta de mi pasado que antaño conservaba con cerrojos de plata y oro, - esa huella de un regalo olvidado- la abrí de par en par en busca del sentido de mi vida.

Tu regalo no era sólo para mí, madre.

Comprendí la generosidad de tu elección: la tragedia de la muerte, convertida por el amor en semilla que brota y se multiplica en el tiempo, repartiendo vida a lo largo de generaciones. Quizá yo no fuese el beneficiario final de tu regalo. Quizá fuera tan sólo el primer eslabón de la cadena que forjaste con tu sacrificio. Elegiste vivir en nosotros con tu tributo de amor. Y yo soy el testimonio de ello.

Tu regalo también es para ellos.


Recupero la compostura por el revoloteo incesante de mis hijos, exigiéndome atención a sus juegos. Nos hemos reunido toda la familia en torno al abuelo en la casa del campo, y huele a mantel recién puesto y a risas jóvenes. Y noto que ha sido en el verano de mi vida cuando al fin, lo he comprendido.

Gracias, madre.

3 comentarios:

  1. Qué maravilla de relato! Una dura experiencia que, como la vida misma es paradójicamente cruel y hermosa.- El regalo de la vida debiéramos sentirlo como tal todos, aun habiendo tenido la suerte de tener nuestras madres por años o por breves minutos.-
    Un verdadero placer haberte conocido.-

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  2. Buen apunte, Alicia, que tiene mucho que ver con valorar adecuadamente lo mucho que tenemos, aunque estemos acostumbrados a disfrutarlo sin darle importancia. El placer de conocerte es mío. Un saludo.

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