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domingo, 10 de enero de 2010

Sábanas limpias.


Ayer, cuando te pasaste por casa, quise retenerte como aquella vez que fuimos jóvenes, y hacíamos del porvenir una entelequia de borrachos. Huí de nuevo por esas calles que recorrimos tantas veces, absortos de nosotros mismos. El parque de aquella tarde, tan verde como las cosquillas y los nervios a flor de piel; y la humedad distinta, el agua a borbotones en los besos de tu boca y la cálida tentación...; y el fondo de tus ojos invitándome a quererte todavía más. Sí, miraba al cielo, tumbado en la hierba, y veía de reojo tus labios en mi mejilla como si ese momento nunca fuese a terminar. Yo, culpable y reo de mi insensatez, creí en el amor eterno; soñé contigo para no despertar; amé como si nunca tuviese que olvidar y me dejé llevar a través de un océano de intenciones y deseos.

Hay sábanas limpias en mi cama. No pude retener los olores y sabores que una vez me resultaron imprescindibles. Queda el espejismo y la sensación de que un día lejano estuve enamorado de ti.

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