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jueves, 28 de enero de 2010

Dicotomía

Aquí la rutina de las cosas; el presente maldecido. Los hábitos que derrotan al más sagaz de los hombres, y le adormecen en un estado de abandono. Él espera que le ocurran cosas, sin importar su naturaleza, pues el cambio fortalece el ánimo y sustituye la voluntad; es el recurso amable de la adaptación, irrenunciable, porque en ello le va la vida, por muy indolente que transcurra. A veces sueña con sujetar las riendas, y aullar como vencedor de la muerte, pero al cabo, recurre a esconder su rostro entre las cálidas sábanas de la indecisión. Allí, acurrucado, se consuela mirando de reojo al futuro, jugando a los dados de la fortuna, y esperando que una vez más le sonría o le maltrate, para acomodar la postura a condición, y volver a dormir plácidamente las horas que le restan.

Sin embargo, él piensa que debe haber ahí algo oculto, y sueña en descubrirlo; todo el mundo esconde algo, si no para beneficio propio, para que un día alguien pueda encontrar aquello por lo que ha sido escondido. No es necesario explicar aquí la búsqueda, salvo en sí misma; pues el objeto buscado no tiene trascendencia más que en el final del camino, y siempre lo encontrado será una pista o medio para llegar a aquello; una etapa más para llegar al final o al principio. Apenas podemos percibir el premio o su magnitud, pero imaginarlo resulta placentero. Es poniendo en marcha nuestro ser, empeñando energías, voluntad, tiempo, como logramos avanzar, y es a través de la acción y movimiento por lo que nos trasladamos a lugares que antes nos parecían inalcanzables.

Y así pasan los minutos, las horas y los días; en la dicotomía circular de lo que se hace y lo que se piensa. Algunos convierten tal bifurcación de la personalidad en arte, y como tal lo cultivan esperando que sus consecuencias, el fruto de los hechos, les sorprendan favorablemente cuando acabe su tiempo.

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